Sin verlo venir, una ola de cariño, euforia y energía positiva ha venido a revolcarme por este suelo que pisamos, dejándome a la vuelta confuso y desorientado, preguntándome en qué lugar estoy.
Hace tan sólo cuatro meses yo era un autor desconocido, del que sólo se sabía que no se sabía nada. Libros del Lince confió en mí y lo que partieron como unas crónicas a modo de catársis se terminaron convirtiendo en mi primer libro. Antes, yo ya había escrito relatos para parar un tren, algunos mejores y otros peores, y unos cuantos ensayos de novela, de mala calidad, que han quedado sepultados en un cajón.
Después vino lo de la radio y, como consecuencia, he vivido la semana más increíble de mi vida. Imposible de explicar con palabras. Anónimos y muchísimos conocidos felicitándome por mi "ideal" de vida, por mis palabras, por mi literatura precaria. Y es que mi ideal no es más que llevar una vida digna, aunque parezca que no tenemos derecho a decirlo bien alto.
Las amplitud de las ondas han hecho que mi persona trascienda incluso por encima del "yo" escritor. El escritor se enfada, claro, diciendo que cómo va a ser esto, que él estaba antes esperando a la cola, que ha pasado muchísimas horas delante de un folio en blanco y que ahora le toca a él recoger la recompensa. Y mi "Yo" persona dice que no tan pronto, que puede que el reconocimiento no sea individual, sino algo más bien colectivo, que quizás, con todo esto se esté reconociendo de alguna manera el derecho a perseguir los sueños que tenemos las personas normales.
Gane quién gane la dialéctica, afronto el futuro con la esperanza personal de que el texto ayude a concienciar sobre la cruel realidad de los precarios, y con la esperanza literaria de que sólo sea el principio de un largo camino creativo. Espero contarlo, como siempre, de la mejor manera posible.
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