Adiós Valencia, hasta siempre. Ha sido bonita nuestra relación, que iba para cuatro años. Luego todo se ha precipitado de un mes para el otro. Cuando volví del impasse de Barcelona ya parecías diferente, la gente como más adulta, yo un niño queriendo recuperar un trozo de su infancia. Y casi sin quererlo, nos hemos ido distanciando poco a poco, hasta no reconocernos, hasta odiarnos. Me falló la gente, ese ente abstracto, y los odié, me falló el amor y lo odié, me falló el trabajo y lo odié, y al final he terminado odiándome a mí mismo. Hay amores que matan, y el nuestro me estaba matando. Por eso me despido, porque por primera vez, estoy convencido de que ha llegado la hora de partir.
Recuerdo ahora mi primera vez, las calles como queriendo impresionarme, ese Gulliver a punto de levantarse, los trabajos para salir del paso, el triángulo Cedro-Honduras-Xúquer, recuerdo pasear con Ascen sus avenidas, descubrirnos el uno al otro, su casa, su cama, sus cuadros que parecían querer decirme algo, las noches escribiendo relatos y creyendo que algo podía salir de ese teclear maldito. Recuerdo el grupo literario, sus manos amorfas meciendo mis letras, recuerdo la gente hablando de autores para explicarse a sí mismos, mi grupo más fiel en realidad. Los quiero porque ellos no lo saben y no pienso decírselo. Recuerdo el Basket, el balón que escupía el aro y ese grupo de chavales queriendo ser menos malos. Recuerdo también que sabía jugar al fútbol y que el tiempo me dejó recordarlo hasta que el tobillo me gritó "¡Viejo!". Recuerdo la empresa, o mejor, una idea para ganarnos la vida, ese jugar con la sonrisa de un niño, esa fidelidad con lo que siempre fuí, recuerdo sacarle las tripas al verano, Maribel cantando canciones y enseñándome a sobrevivir disfrutando cada gesto, a buscar en cada persona un trozo de mí, recuerdo a Sergio atacar osos en poemas y recordaré sus ojos mirando a su hija, quizás la única vez que he entendido eso que llaman paternidad, recuerdo a los chicos y a las chicas, a Caro tomándose algo conmigo en la mesa de un bar, que era como la tumbona de la psiquiatra, los poemas de servilleta, su idilio con el mundo, su pasear en alpargatas. Y recuerdo a Sandra mucho más de lo que querría, un torbellino de menos de veinte años que me hizo recordar que estaba vivo, su manera de entender el mundo que parecía un calco del que un día fuí... quizás por eso igual que me entregó su mundo a cambio de nada, un día volvió para quitármelo, porque yo ya era un viejo y no el niño que fuí, y era injusto engañarle fingiendo lo contrario, además, cómo enfadarse con una sonrisa así, ¿cómo negarle su antojo? Recuerdo a Ampi y a Rak que estaban antes que nadie y se irán las últimas, porque un día llegaron para quedarse y se ganaron ese privilegio, las recuerdo niñas y las veo mujeres y no quiero que las toque nadie que yo no quiera que las toque, les recuerdo también que estaré en sus bodas, que cantaré todavía una canción de amor, que volveré para hacer el ridículo... Recuerdo esto y mucho más, pero es tan nuevo que todavía me acompaña y no parecen siquiera recuerdos.
Demasiados motivos para negarles su excelencia. Archivarlo y darles carpetazo sería una niñería. No, Valencia es mía y me pertenece de alguna manera. Me he ganado el derecho a regresar cuando quiera y disfrutar de su presente. Su gente, su aroma a pólvora, sus bares... forman parte de mí. Sería un necio si le dijera adiós y no me reservara este hasta luego. Sé que nos veremos, Valencia, tarde o temprano, que seremos felices nuevamente. Eso será en un mes, un año, una noche cualquiera, quién sabe... pero vamos a cambiar el dicho, sí, y a partir de ahora, al lugar donde has sido feliz siempre has de tratar de volver.