Y en la repetición, lo metió. Aún estaba el público echándose las manos a la cabeza, insultando al destino y preguntándose cómo era posible mandar esa pelota fuera, cuando, a través del monitor, inició el mismo movimiento de ruptura, recibió el balón filtrado entre líneas, superó con una maniobra espléndida al portero, y esta vez, en vez de trastabillarse y lanzar la pelota al lateral de la red, permaneció erguido primero, se lanzó al suelo después, contactó con el esférico y éste acabó rodando manso hacia el fondo de las mallas. Nada más ver el nuevo resultado de su acción, el jugador corrió como un energúmeno a celebrarlo junto al resto de compañeros. La adrenalina del gol, tan imposible de ignorar. Vamos, gritó, vamos. Al girarse encontró la mirada del árbitro, que tras un segundo eterno, salió disparado hasta el centro del terreno de juego. Por fin era gol. La hinchada parecía ahora más satisfecha con el resultado.