Decía Huidobro que el poeta era un pequeño Dios, supongo que ahí entraban narradores (¿o no era un poeta Cortázar?). Yo soy un Dios defectuoso al que se le ha escapado el mundo de entre las manos. Escribo bajo el imperio de la emoción, justo como desaconseja Quiroga, sintiendo un impulso que me arma el brazo y le obliga a teclear a su manera. Me acerco a la hoja con nervio y siento el pálpito desde mucho antes. A veces me sorprende en la calle esa necesidad, observando a la gente en el metro y esos ojos y ese rostro de la chica de enfrente, tomando café en un bar viendo el azúcar diluirse en la leche o andando solo por algún callejón de Polo y Peilorón… desde ese “clic” la humanidad me estorba. Suena cruel pero sucede así. Siento la imperiosa necesidad de llegar a la hoja, que se convierte en ese Ítaca cotidiano al que siempre deseas volver. Una vez me dijo un profesor que tenía todas las cualidades para desconfiar de mi escritura, que el que escriba mucho no significa que tenga talento, que el parto sin sufrimiento es algo antinatura, que sin sufrimiento no se haya la gloria. Luego me dijo que tenía un tono apostólico en mis escritos. Puede ser, quizás sea porque creo en mi Dios más que en mí mismo, porque yo puedo ser un desastre pero quizás mi escritura no lo sea tanto, porque como dice un amigo mío, parece que “lo tengo todo planeado”, porque en el fondo, en los días blancos y en los días negros, todo se reduce a una simple cuestión de fe.