Cuando en el último ensayo, el encantador de serpientes notaba como el lomo de su cobaya iba enredándose en torno a su cuello, e iniciaba, lentamente, el camino hacia su gaznate, pensó en que quizás no tenía las cosas tan controladas como creía y que bien pudo haber rebajado el tono, déspota y desafiante, con el que le había estado hablando durante las últimas semanas.