La Antipolicía comenzó funcionando clandestinamente. En barrios y acciones puntuales, avisando a sus integrantes con poca antelación y demostrando una efectiva puesta a punto. Lo habían leído en algunas novelas de ficción. Los uniformes se los cedió un viejo rico que creía que aún podía cambiar el mundo y prefería permanecer en el anonimato. Eran de colores llamativos, porque no hacía falta esconderse y porque uno creía que eran más de los que eran. Luego la gente pasó a hacer donaciones. Cuando hubieron acordado, eran tan grandes como habían imaginado. Se organizaron a través de Internet. Surgió como un reclamo. De ellos hacia la gente. O al revés. En el fondo, era la gente la Antipolicía y la Antipolicía era la gente, la misma cosa. Los interesados en afiliarse enviaban sus datos personales junto a un curriculum a una base de datos, se comprometían a cumplir un código ético y en cuestión de días, si la dirección lo estimaba oportuno, le mandaban una contraseña a su correo electrónico. Habían habilitado un espacio virtual donde todas las acciones de la organización eran informadas escrupulosamente. Acción, motivos de la acción, causas de la acción, posibles consecuencias y hoja de ruta. No se pedía exclusividad ni obligatoriedad, pero por alguna razón, los integrantes siempre encontraban el tiempo y el modo. La organización, por su parte, buscaba la tarea perfecta para cada miembro. Las acciones se centraban a la tarde noche, cuando apenas quedaba luz. Un escritor afiliado dijo que, probablemente, fuera lógico para los tiempos que corrían. Actuar a oscuras, en un mundo ciego de no verse. Los Antipolicías habían pasado, antes de actuar, un exhaustivo estudio psicológico. En realidad, no había quién no se sorprendiera de lo articulada de su estructura interna. Psicólogos, pedagogos, educadores sociales, políticos apartidistas, camioneros, periodistas, relaciones públicas… los restos de una sociedad enferma, un equipo con el que poder inventar otro mundo. Pero no tenían más remedio que compartirlo, que vivir en el que había. Por eso lo de combatirlo con sus propias armas, muy diferentes a las que se venían usando: servir y respetar al ciudadano, velar por sus derechos fundamentales, ayudar en la organización de actividades cívicas, funcionar como bastón para una sociedad que andaba coja, cojísima, casi arrastrándose y desorientada desde hacía demasiado tiempo.