La doble suerte

Mi mejor amiga ha tenido su primera niña. Digo primera porque no me la imagino sin tener más. No sé el porqué esa necesidad mía de ponerle etiqueta. Me refiero a lo de mejor amiga. Nunca me han gustado, las etiquetas, y con esto hago una extraña excepción. Supongo que es porque fue la primera en dignificar ese concepto hasta el infinito. O porque fue la primera con la que supe que íbamos a ser amigos el resto de nuestras vidas. O porque su corazón es tan puro que me da miedo que tenga que convivir con este mundo que tanto pudre y tanto mancha. Luego he conocido amigas tan enormes que pudieran ser mis mejores amigas también. Compartir ese trono. Pero no, ya es suyo para siempre. Si su amistad, con el paso del tiempo y la distancia, se viera reducida a una milésima parte de lo que es ahora, aún le daría para estar por encima de todas. Hoy he visto una foto de las dos en el hospital, por esos milagros de las redes sociales. La madre estaba como si hubiera hecho el esfuerzo de su vida, cuando el esfuerzo de su vida viene precisamente a partir de ahora, y la niña, a su lado, descansaba serenamente sin saber porqué. Lo comprenderá cuando crezca, obviamente no cuando sea una niña, y ni mucho menos cuando sea una adolescente, pero cuando sea mayor, un buen día, se dará cuenta de que si creció serena es porque tuvo los mejores padres del mundo. Que por si fuera poco, de entre toda la gente que existe en este planeta, me eligieron a mí como amigo. Menuda suerte la nuestra.