El crecimiento

Su hijo se levanta como un temprano adolescente, cuando se había acostado siendo todavía un niño. Ya era el quinto día que despertaba habiéndose sucedido dos años durante el descanso nocturno, de apenas ocho horas. Hace seis días poco más que un bebé, y ahora esto, fuera lo que fuere. La madre lo mira desde el pasillo a través de la chivata rendija de la puerta, lo ve enojado arrancando de las paredes los posters de futbolistas que habían colocado juntos dos días atrás, y cómo los va sustituyendo por otros de grupos de música y algunas referencias de las que solo logra comprender que están más acorde a la edad que al chico le toca, y más lejanas de su propio tiempo. Ahora quiere quitarse el pijama y cierra la puerta con una mirada de desaprobación, quién te ha dado permiso, parece expresar la rabia de sus ojos. La piedad no existe en tiempos de adolescencia. Luego vuelve a abrir y se queda mirando las paredes de su habitación, urdiendo su próximo objetivo: Quitar de una vez ese azul cielo más propio de infantes. La madre permanece en el pasillo, medio a oscuras, como si el mundo estuviera empeñado en ensombrecerla. El hijo pasa a su lado vistiendo una ropa ya ajustada y marcha hacia el colegio. Ni siquiera dice adiós o se despide con un beso. Mañana, cuando tenga dos años más y ella le espere en el pasillo renegando del tiempo vertiginoso, puede que ni siquiera lo sienta irse, que lo haga saltando por la ventana con tal de evitarla o que vaya a reprocharle, esta vez con palabras, que siempre esté metiéndose en sus cosas y que no le deje en paz, que él no es el mejor niño del mundo ni lo va a ser nunca, que tampoco ella es la madre perfecta.