jueves, 21 de abril de 2016

Soñar conmigo

En un diario deportivo, leí que Gento, un antiguo jugador del Real Madrid, ya octogenario, decía que aún soñaba con que jugaba al fútbol. Me vino a la mente ese cuerpo, en la cama, soñándose cincuenta años más joven. Cómo sería esa sumisión del cuerpo al mente, si la pierna de Gento, ya canosa, ya débil, tremendamente cansada, haría el gesto cada vez que chutaba a gol. Imaginé la pereza de volver a la vida real cuando uno está cabalgando hacia tu octava copa de Europa. Me dije, qué suerte también, que Gento se sueña ahora que todos dejamos de soñarnos, infectados por el cloroformo de los días. Imaginé a su mujer a un costado, viviendo el partido desde una grada acolchonada. Pero esa imagen de quien se resiste a olvidar, me hizo comprender cuán afortunado soy. Primero, porque un escritor no puede soñarse, no masca la nostalgia, no sabe. No sueña líneas que se ondulan en el cuaderno, no revive el cuadro de texto de enfrente de la pantalla, no le invaden subordinadas ardientes de protagonismo. Un escritor que se sueña no sueña con letras, signos de puntuación o capítulos inabarcables. Un escritor se sueña joven y viejo, en este y otro mundo, en el tiempo y el espacio que se le antoja a la lotería del subconsciente. Un escritor, en definitiva, solo sueña con la vida. Y soñar con la vida es, ni más ni menos, que vivir dos veces.  


Elsa Suárez



lunes, 18 de abril de 2016

La vida entera

La vida entera. Así es el título de la última exposición de mi amiga Ana Portnoy sobre la vejez, su dignidad y su aprendizaje, su ejemplo. Con dos retratos y apenas tres líneas de texto, puedes reconstruir las vidas de quienes hicieron de su vejez una época a la altura de cualquier otra. Un arquitecto de noventa años, una activista social de ciento ocho o una ex-trapecista ciega, que a los noventa y cuatro años, vive sola, baila tango y hace gimnasia cada día.

Hay quienes la vejez le sirven para rendirse cuentas, quienes llegan vencidos a sus últimos días, y hay quienes la afrontan con ilusión y esperanza, como si nunca fueran a cambiar de barrio, quizás porque de alguna forma, una parte de ellos se queda para siempre a este lado.



La exposición es buena en sí misma, pero la convierte en excepcional su enclave, un centro de mayores donde se juega al dominó, al cinquillo y al billar, se dan clases de nuevas tecnologías y se leen los libros usados de la biblioteca. De la interacción entre la obra y su encuadre, de ver esos ancianos reconociéndose en otros ojos y en otras miradas (hasta parece que los protagonistas de las fotos estuvieran viendo más allá de su horizonte), reafirmando el discurso de mi amiga fotógrafa, nace una hermosa experiencia que merece la pena vivir.



Todo iba bien hasta que vi a un señor parecido a mi abuelo sentado al fondo de la sala. No era mi abuelo, pero de repente, ya lo era. Bastó con verle cierto parecido, probablemente autoinducido, no lo sé. Mientras tomaba una cerveza en la barra, lo observé con gratitud. Me sentía emocionado por volver a verlo, aún a través de una ensoñación. "Mi abuelo" leía lentamente, como si tuviera un libro eterno, o como si tuviera toda la eternidad por delante. Por un momento quise interrumpirle la lectura y decirle, ey, abuelo, ¿ves? al final escribo libros, como tú siempre dijiste que haría.

No lo interrumpí, preferí dejarlo ahí, pensar que lo dejaba, ad eternum, leyendo uno de mis libros.

Siempre que pienso en sus últimos días, me viene la imagen de mi hermano afeitándolo en el hospital. Esa tierna escena entre las paredes frías, el sol reponiéndose ante el ocaso. Mi abuelo tuvo una vejez magnífica, lúcida y plena, pero si hubiera sido un viejo senil incapaz de articular palabra, lo hubiéramos afeitado igual. Ni de niños éramos perfectos, ni lo somos ahora, ni lo seremos en nuestra vejez y es algo que llevo aprehendido desde hace algún tiempo. Nos han inoculado que hasta viejitos, hemos de producir algo para esta sociedad enferma, nos han convencido que de no ser así nos convertiremos en un estorbo. Y no se enteran de que si veo a mi abuelo donde no está, si mi hermano lo afeitaba cuando estaba ya recibiendo a la muerte, o si mi madre revive tantas veces sus recuerdos, es porque ya estamos muy por encima de todo eso, porque la vida entera es, precisamente, estar vivo más allá de la vida.


martes, 22 de marzo de 2016

A mi sobrino Pablo

Hoy ha venido al mundo mi sobrino, Pablo. Es el primer descendiente de nuestra generación, lo cual garantiza la continuidad de nuestro linaje y permite al gen López (o gen de la torpeza) sobrevivir al menos una generación más. Me mandaron una fotografía y ahí los vi juntos, a madre e hijo, sorprendentemente enteros, como si no hubieran pasado por un parto y como si hubiera pasado una eternidad de aquel momento. De repente, en la foto mi hermana ya no era la Nani que conocí, esa que ya nunca volveré ver, sino una Nani madre, con la cara de una madre, el gesto de una madre y hasta la mirada de una madre, y ahí, al fondo de sus ojos, creí reconocer también una parte de mi propia madre, algo que, supongo, surge durante la primera vez que sostienes a tu hijo y que te hace cambiar para siempre.

Me dije si no habría cambiado yo también, por los efectos de la onda expansiva. Sino sería yo, sin saberlo, ya un tito, con la cara de tito, el gesto de tito y puede que la mirada de un tito. Al fin y al cabo, ese sobrino se fijará algún día en mi y yo, claro, quiero ser su tío favorito.

Todas eran buenas noticias esta mañana al llegar al trabajo. Y entonces llegó el atentado.

Con minúsculas. Y digo atentado con minúsculas porque de alguna manera, hemos interiorizado que esas barbaridades pasan con una regularidad que asusta. Y no sólo pasan sino que se convierten en algo con lo que debemos vivir. Aunque no nos guste, aunque nos arañe al alma, aunque duela. Nos convertimos en automátas condenando atentados, y reaccionamos de la misma manera, con estupor primero, con pena después, con infinita rabia e impotencia. Sufrimos el funcionariado del terror. Reaccionamos detestando el atetando, reagrupándonos en red y lanzando una condena unánime. Puede que el sentimiento de repulsa compartido sea una forma también de reafirmarnos, de sentirnos más fuertes y seguros, convencidos de nosotros mismos cuando el mundo se tambalea ahí afuera. Nos agarramos a ese extraño, traicionero e injusto, pero a la vez hermoso proyecto común que llamamos humanidad.

Intenté evadirme, pero trabajando en las redes sociales, el atentado me perseguía como una bomba lapa. Me estallaba dentro, a cada segundo, como si los bárbaros hubieran programado las detonaciones en mi conciencia. Aparecieron las banderas, los Manneken Pis, los Tintines llorando, las banderas belgas. Aparecieron los políticos y sus mensajes institucionales de unión y fuerza, y los medios de comunicación con sus últimas horas, enviados especiales y afán de exclusivas. Apareció todo lo que aparece cuando una bomba hace desaparecer tantos sueños. Incluso los otros aparecieron: los reaccionarios, los fascistas, los que toman la parte por el todo, los que presumen de su ignorancia. Esos nunca se van y permanecen latentes como huevos podridos que necesitan romper la cáscara para compartir su fétido aliento.

Ante tanta sacudida, me quedé petríficado. Quería escribir algún mensaje que contribuyera al suspiro colectivo. Quería ser duro y sonaba débil, quería ser profundo y sonaba superficial, quería ser justo y sonaba imbécil, quería hablar y estaba mudo. Mis manos temblaron cuando vi el fotograma de un hombre con las piernas vueltas del revés. Su imagen venía conmigo a cada reunión de trabajo, me abordaba en cada pausa y tiraba de mí en cualquier respiro. Al final no tuve más remedio que dejara que otro hablara por mí. "No hay camino para la paz, la paz es el camino", dijo Gandhi.

De regreso, pensé si debía o no volver en metro. Me dije que sí, que no podemos vivir con miedo, que a la guerra se la vence con alegría. Recordé una fotografía en la que un padre bañaba a sus hijos entre los escombros de lo que un día fue Siria. Daba igual cuántos infiernos hubieran pasado por ahí. La vida siempre se abre camino, y eso es algo que nunca comprenderán los bárbaros. En el subterráneo, noté cómo los usuarios miraban con desconfianza a algunos árabes. Crucé la mirada con uno de ellos y me ruboricé. Mis ojos se disculparon como en la fotografía de aquel niño que pedía perdón por la barbarie adulta.

Sólo me quedó un refugio, el móvil. En la fotografía de la mañana, Nani abrazaba a Pablo en su regazo salvaguardándolo de todos los males, y de alguna manera, hacía lo mismo conmigo. Me pregunté cómo le voy a explicar a Pablo este jodido mundo, sus tantas y tan complejas miserias, y cómo le contaré que el día en el que nació, una simple fotografía junto a su madre, mandada a mil kilómetros de distancia, tiñó de luz, como un milagro, allí donde sólo había oscuridad.  






lunes, 14 de marzo de 2016

La imaginación


Como escritor, sus textos pescaban en la memoria y paseaban por sus recuerdos como un hereje que se había traicionado en los momentos decisivos. Se escribía defendiendo al niño al que abandonó cuando le quitaron el balón, jugándose el tipo por el manifestante al que a palos aturdió la policía, y ya no corría cuando le querían robar la cartera. Ahora sí, por fin, besaba a la chica a la que siempre negó sus labios por aquel absurdo del rencor. La miraba y decía, cuánto he tardado en quererte sin quererlo. Se narraba hablando cada tarde con sus padres, viajando hasta quemarse los dedos con el horizonte, agradeciendo a sus hermanos la infancia de color, describía cada noche como si se hundiera en la madrugada. Cuando la maraña de palabras se convirtió en un libro, los periodistas preguntaban, ¿de dónde, si puede saberse, de dónde sacas la imaginación?



jueves, 3 de marzo de 2016

Mi enfermedad

En el hospital, mientras sostenía la mano de C. y la enfermera rellenaba el parte médico, me preguntaba quién estaba acompañando realmente a quién, si de verdad era C. la paciente o si quizás no lo sería yo mismo, viviendo siempre con el mal de las letras a cuestas, si ella no sería la enferma sino precisamente la cura, y compartir sus días no sería mi medicamento, su mirada mi remedio, su voz mi tratamiento, sus besos la terapia correcta; y a la vez, no podía dejar de preguntarme si, mientras dormía, no me estaría contagiando también de sueños, inoculándome en vena la esperanza, si no me estaría inyectando lo único para lo que nunca existirá vacuna, el veneno de la vida.



martes, 1 de marzo de 2016

Los tres que giran

Cualquiera diría que soy el mismo de hace tres años, si me vieran hoy llegar del trabajo. Acababa de pasar una jornada maratoniana con unos clientes de la empresa, explicándoles el plan de marketing digital que habíamos diseñado para implantar a nivel nacional. Me comí una entraña de ternera con chimichurri en un restaurante, comenté mis últimas impresiones sobre la liga de fútbol y, de haber querido, podía haber tomado cerveza a la hora de comer. En casa, con la calefacción puesta, mi pareja esperaba con la sonrisa perfecta y sonaba música en el salón. Miré el interior de la nevera. Estaba llena.

Nada que ver con el que fui. Por aquel entonces (parece que hubieran pasado mil años), vivía en un piso compartido que pagaba a duras penas, dormía en una habitación a la que no le llegaba un mísero rayo de luz, escuchaba las andanzas sexuales de mis compañeros de piso, me educaban -sin éxito- en el arte de vivir con una compra de veinte euros semanales y deambulaba de un trabajo a otro con la sensación de que mi único activo era no poseer nada. Ya saben; no tenía hipoteca, ni familiares a mi cargo, ni coche, ni piso, ni trabajo.

Por el pasillo, me crucé con el espejo. Y cuando lo lógico era que el ego, henchido, recorriera hasta el último palmo de mi cuerpo, y que dijera como decía el otro día Anguita en una entrevista, “¿Y ahora qué, hijos de puta?”, ni me hundisteis, ni cedí ante el chantaje de las circunstancias, ni me varé en la postrimerías de la desidia, ni me venció el dolor de sentirme un completo incompleto, cuando lo lógico era que una parte de mí se reconciliara con la otra después de treinta y tres años de búsqueda, sucede que me echo de menos. Echo de menos los rincones de la noche donde se escondían las palabras, las mañanas en la que tuneaba mi currículum a gusto de la empresa ofertante, los besos que sucedían en cualquier lugar -sentía que el amor era otra forma de desafiar el orden imperante-, la incertidumbre de los días, derrumbarme cada tarde, rehacerme como un puzle de carne y hueso, ay, esa libertad que sólo conocen los presos de la desdicha. Sucede que, cuando he llegado al final de la estación, echo de menos la tierra pisada. Pero al mirar atrás, claro, ya nada es lo mismo, como nada lo será cuando llegue a la siguiente.

Imagino que no somos dos sino tres, los que se buscan eternamente (el que fui, el que soy ahora, el que seré), y que todos giramos en círculos concéntricos buscándonos de manera inútil, mientras una risa de fondo, cavernosa, irónica y mordaz, se eleva hasta el infinito: El carpe diem.


Ilustración de Sousa Gráfico.

jueves, 25 de febrero de 2016

"Que se mejore"

En el hospital, la mujer de al lado dice que se está muriendo. Lo cuenta por teléfono y yo no puedo dejar de escucharla. Es un llanto de palabras que me atrapa como una araña arrincona a su víctima. Dice que le queda poco de vida, que si dura un año más, será demasiado. Dice que la quimio la está matando y que está tan baja de defensas que un herpes le devora como la muerte se come a la vida. Dice que el marido llora a escondidas, que lo ha sorprendido en alguna ocasión y ambos disimulan como una vez disimularon su amor, que a veces lo escucha, desde la cama, sollozando por el piso. Dice que se quiere ir para que él deje de sufrir. Dice que ha venido en taxi y que se recostaba en la parte de atrás para que no le doliera el alma, que el taxista le ayudó a incorporarse, que tuvieron que recogerla a las puertas de urgencias para poder atenderla. Dice que ya no sabe qué hacer ni dónde ir ni a quién acudir (quizás porque a la cita con la muerte se acude a solas), que la cuenta atrás se está haciendo eterna y la eternidad es tan corta. Dice que le cuenta eso a quién le habla porque ya no sabe con quién desahogarse. Dice todo eso y una hora más tarde, antes de irnos, me dice que sabe dónde está el ambulatorio donde debo acudir, que ella es del mismo barrio, que está situado a dos calles de casa. Yo le quiero responder que el ambulatorio no me importa nada, que su caso escapará a la lógica y su previsión será como la de una mala pitonisa, que espero encontrármela pronto junto a su marido, comprando el pan, en la cola de la pescadería o cuando bajo la basura, quiero decirle que conozco a quienes vencieron el desafío del destino, y que ahora viven como viven mis miedos, mis dudas, mis ilusiones y mi esperanza. Quiero decirle que precisamente eso es lo último que se pierde y que el día de hoy se convertirá en un mal recuerdo cuando recuerde que nunca se dejó derrotar por el pesimismo y que sostuvo la obligación de quererse; quiero decirle todo eso, pero al final, cuando nuestros ojos se tropiezan, le digo: Muchas gracias señora, espero que se mejore. Y me marcho.