domingo, 18 de julio de 2021

Gràcies Barcelona

 

En la película ¡Viven! se narra la increíble experiencia de los sobrevivientes de un accidente aéreo en los Andes, donde se estrelló un avión en el que viajaba un equipo de rugby uruguayo, sus familiares y allegados. Tras ser dados por muertos por las autoridades, los supervivientes del avión, obligados durante meses a alimentarse comiendo carne de los cadáveres resultantes del accidente para seguir vivos, deciden mandar una expedición de tres montañeros avituallados con mantas, ropas y comida a intentar superar, bajo condiciones muy adversas, el pico montaña que tienen por delante, descender la cordillera y así dar la voz de alerta para un rescate. Después de estar al borde de la congelación, de perder parte de sus enseres, de escalar uno, y luego otro, y luego otro peñasco, cuando alcanzan la cima, en el momento en que la vista deja de mirar hacia arriba y puede hacerlo en horizontal, no ven el descenso que esperaban sino repetidas montañas, similares a la que habían escalado.

Viene esto un poco a resumir, por qué dejo Barcelona.

A la ciudad llegué hace diez años para instalarme, como dice irónicamente el escritor Laureano Debat, “con la maleta llena de sueños”. Para un andaluz joven como era yo, Barcelona significaba por aquel entonces una versión de Hollywood a pequeña escala, el lugar donde los sueños se hacen realidad. La ciudad donde diseñadores gráficos, cineastas, científicos, emprendedores, publicistas, politólogos, ingenieros y expertos en todos los campos pueden desarrollar su carrera. Una ciudad moderna y cosmopolita, con una vida cultural inabarcable. Llegué, haciendo escala por Valencia, casi con la boina puesta, con la idea de seguir escribiendo y tener una carrera literaria. Porque eso también es la juventud, tener una auto confianza insolente y una ingenuidad enternecedora.

En diez años, he vivido de todo. Llegué con el post zapaterismo gracias a una beca del ministerio de educación, con una crisis de tomo y lomo avecinándose a la vuelta de la esquina, la sentencia del tribunal constitucional contra el estatut de Cataluña recién salida del horno y un descontento social cociéndose que desembocaría en el 15M. Luego, se nos echó encima el Procés, en una de las décadas más convulsas políticamente de España y Cataluña que se recuerdan, con las calles calientes, la declaración de Independencia interruptus, los políticos en prisión y el trauma del uno de octubre. Casi sin respiro, el auge de la ultraderecha, la toxicidad instalada en la vida pública, la caída en el olvido de la justicia social y, por si fuera poco, la irrupción de la Covid-19, con sus cientos de miles de muertos y la sanidad pública raquítica y saqueada, mientras los negacionistas, conspiranoicos y políticos oportunistas se adueñaban del debate público. Nuestra experiencia en Barcelona comienza con una crisis económica y acaba con una crisis sanitaria, como atrapados en un desafortunado paréntesis de la historia. El futuro, parece, serán los fondos europeos y una vuelta al conflicto identitario.

A veces, decía en casa, sentía que estábamos en el lugar donde sucedían las cosas que leíamos en el periódico, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. Y es que, si se enturbiaba el ambiente, cortaban las avenidas del barrio, si se celebraba algún evento, lo escuchábamos desde el balcón. Bromeaba diciendo que, cuando andaba desde casa hasta plaza Cataluña, cruzando l’Eixample y Plaça Universitat, podía tomarle el pulso a la ciudad, sentir su ánimo.

De puertas adentro, las cosas no han sido mucho más sencillas. Desde que llegué a Barcelona, primero en pisos compartidos, después con mi pareja, la vida la ha gobernado la más absoluta incertidumbre. Haciendo encaje de bolillos para pagar el alquiler y que no falte nunca una cerveza en un bar o en casa. Visto en retrospectiva, soy un gestor tremendamente eficaz, incapaz de ahorrar, pero también de arruinarme.  

De las doce personas con las que compartí piso, todas están fuera de la ciudad, cada una fue renunciando, por goteo, a las motivaciones que les enrizaban a estas calles. A veces pienso que Barcelona es como un Bing Bang que escupe a todos los que lo intentan en diferentes direcciones, alejándoles cada vez más del punto que les unió. Los periódicos se han ido inventando ingeniosos eufemismos para describir nuestro estilo de vida, pero lo cierto es que detrás solo está la precariedad, el paro y los sueldos pírricos, actuales camellos de los ansiolíticos.

Vivir en pareja también ha sido una aventura. Si a mí me iba bien, a ella mal, si ella le iba bien, era yo quien me inmolaba. Éramos el ying y el yang, vasos comunicantes incapaces de alcanzar un equilibrio. Hemos vividos dos ERES, una aventura sindical, ascensos a la gloria (a todo lo que puede ser la gloria para la clase obrera) y descensos a los infiernos, y entre medio, muchas, demasiadas renuncias. La gasolina para el día a día era que ella crecía profesionalmente y mis libros se iban publicando, las balas en el bidón, por el contrario, el exagerado precio de la vida, la ausencia de ahorros y una visión cortoplacista de nuestro proyecto de vida en común.

Hemos cambiado de color como los camaleones, adaptándonos a diferentes circunstancias, empresas y proyectos. Nos decíamos que, si nos fusionáramos en una sola persona, seríamos un profesional perfecto para Barcelona. Pero el hecho es que hemos sido dos, y los dos, cuando se apagaban las luces y el otro se dormía, mirábamos al techo y sentíamos que Ítaca no llegaba nunca. O peor, que Ítaca era una farsa con la que engañar a ilusos para que echaran carbón a la caldera de los sueños.  

Fuimos, como quien no quería la cosa, pensando en existencias alternativas, variantes de nuestro día a día, imaginando mundos más amables, horarios sensatos con tiempo para mirarnos a los ojos. Imaginamos paisajes verdes, respirar el olor del mar y la montaña, ir a bares donde conocieran lo que pedíamos en el desayuno, y por primera vez, dijimos, por qué no tener hijos y visitar a menudo a sus abuelos y abuelas. Nos cansamos de ir con la lengua fuera, inmersos en el estrés de la ciudad y del trabajo, obligados por sus distancias y horarios inhumanos, estafados en cualquier bar, asqueados de su desigualdad, de la ingratitud con sus vecinos y vecinas, del abandono de sus mayores, hastiados de tan pocas conquistas sociales. Llegamos a comernos la ciudad, pero fue la ciudad quien nos devoró a nosotros. Solía decir que cada ciudad es lo que uno quiere que sea, pero lo cierto es que somos lo que nos dejan ser. Cuando decían eso del precio de la vida, se referían a que la banca siempre gana. Como Belcebú, o se lleva tu dinero, o se te lleva tu alma.

Con todo, es fascinante el magnetismo de estas calles. Me cuesta escribir este epílogo y trago saliva ante el mosaico de mi memoria, que ha ido demorando este texto hasta que ya casi no queda margen, como aquel que se resiste al fin el amor y espera que reverdezca. Pero la tierra está marchita y la hoja muerta. No es de extrañar esta resistencia absurda, Barcelona tiene un aura que hechiza, un paisaje espectacular enclavado entre el mar y la montaña. Es un ente orgánico y multiforme donde cultura y tradición se mezcla con negocios, turismo de masas y la obsesión por el viejo sueño europeo. Un espacio donde lo oficial y lo subversivo conviven, donde el paisaje muta de barrio a barrio e incluso de calle a calle, los idiomas conviven, y en una noche puede pasar de todo. Es ingobernable, ni alcaldes de un signo ni alcaldesas de otro tienen la fuerza de invertir sus dinámicas, ni siquiera el capital, auténtico motor de sus cambios, puede controlarla plenamente. Surgen movimientos alternativos, causas compartidas, resistencias desde su ombligo. Barcelona no es de nadie, y eso es estupendo, pero no es de todos, y eso es un drama. Expulsa a la gente sin misericordia. Barcelona no espera, su motor siempre está en marcha, siguiendo el rumbo programado.

Yo un día subí como subió Leo DiCaprio al Titanic, a lo loco y con un boleto ganado a la suerte. He sentido estas calles como propias, pateado sus enormes avenidas, cerrados sus bares, gozado sus terrazas, me ha encandilado sus cines, sus salas y museos, y me ha fascinado sus gentes, su mezcolanza, su tremendo amor propio. Aquí he vivido y he amado, y me he enamorado. Y ahora que, tras una década, detrás de Montjuic, del Parc Güell y de los fascinantes bunkers del Carmel, como los emisarios de ¡Viven!, solo veo más y más montañas, decido tomar un atajo que me lleve a las bucólicas praderas del final del camino. 

Jamás pensé en todo lo que había detrás de aquel vuelo que en agosto de 2009 me trajo a esta ciudad. No sé qué pensaría aquel joven del que soy ahora, de lo que hice todos estos años. Hice lo que pude, y ojalá no le haya decepcionado. Yo sí sé una cosa, estoy muy orgulloso de él.

Ha sido un viaje tremendo, el viaje de mi vida.

Barcelona, t’estimo.  




 

martes, 20 de marzo de 2018

La forma del agua

Os voy a contar una historia. Estábamos en el viaje de luna de miel en Cuba, que hicimos en grupo y antes de la boda, justo como no se tiene que hacer una luna de miel. Pero el último día lo pasé junto a mi pareja, solos, en Cienfuegos, ya que el resto de acompañantes tenían que volver a España a prepararse para celebrar una boda: la nuestra. Esa noche medio llovía, y nos dimos un homenaje y visitamos el mejor hotel de la ciudad, un edificio colonial donde se bebía más barato que en cualquier pub de l'Eixample. Buscábamos lo que habíamos escuchado poco y mal durante todo el viaje, el verdadero son cubano. Lo encontramos en una terraza que se convirtió en mi Casablanca particular, llena de burgueses europeos -como yo en esa tesitura- con buena música de fondo. El concierto fue fascinante. Cinco veteranos entre los cincuenta y los setenta rescatando una tradición del siglo XIX que se proyectó medio siglo después y que ahora era un reducto entre la población local. Después de portarme como un groupie desatado, uno de sus músicos me preguntó si sabíamos inglés. "Yo te puedo ayudar, pero mi mujer mucho más". Me sorprendí en un momento absurdo hablando de mi mujer como tal, pero lo cierto es que aún no me había casado. El músico nos entregó una carta. La carta tenía una caligrafía hermosa, como sacada del baúl de otros tiempos. Databa del mes anterior, pero parecía ya una reliquia. El papel se doblaba torpemente en varias partes, casi queriendo esconder su intimidad. La historia de dentro era la de un músico cubano que se enamora de una turista china. La de una turista china que se enamora de un músico cubano. La de dos que se encuentran de forma inesperada y pasan unas noches mágicas. Ella no sabe español. Él no sabe chino. Ella sabe algo de inglés. Él ni una palabra. Poco o nada importaba. Aún así, la carta hablaba del momento en que se conocieron, de la maldición de volver a sus rutinas, de sus países tan cerca y a la vez tan lejos, de cuánto se extrañaban, de la imposibilidad aparente de volver a encontrarse. Pero ahí estaba él, aferrándose a esas palabras que, como lágrimas en la lluvia, caían lentamente desde los labios de una extraña. Pensé en ellos, vete tú a saber porqué, cuando vi la última película de Guillermo del Toro. Nosotros vivimos una en directo, en Cienfuegos, donde nada tenía sentido ni podía salir bien, pero puede que sea eso, precisamente, lo que llevamos la vida intentando explicarnos y nunca conseguimos. Eso que llaman amor.




sábado, 27 de mayo de 2017

El éxito

Ayer, a raíz de un debate surgido de la reflexión de un amigo, hablaba con mi mujer en la terracita de casa mientras tomábamos cerveza acerca del éxito. El ÉXITO, así, con mayúsculas. O sobre el éxito y el mérito, para ser exactos. El éxito de perseguir aquello que te propones, el mérito de al menos intentarlo, el más difícil todavía; conseguirlo.

La búsqueda del éxito se ha convertido en el motor de nuestras vidas. No es tan contemporáneo como parece, en las películas clásicas, es el sueño de la chica de pueblo que pretende conquistar la industria de Hollywood, en la sociedad actual, triunfar con tu empresa, conseguir un buen sueldo, rodearte de lujo y comodidades. Existe una presión social que estigmatiza nuestras vidas alrededor de un éxito casi siempre grandilocuente. No nos vale con un éxito íntimo y sentimental, tiene que ser, además, socialmente aceptado. Cuanto más te haya costado llegar al éxito, cuanta más competencia hayas dejado atrás, más te aplaudirán. Si el éxito te llega rodado, sentirás rencor en el ambiente. ¡Ha tenido el tesón de conseguirlo! o ¡Míralo, si sólo ha tenido suerte! dirán según las circunstancias. O como decía la frase: “Cuando quieras emprender algo, habrá mucha gente que te dirá que no lo hagas; cuando vean que no pueden detenerte, te dirán cómo tienes que hacerlo; y cuando finalmente vean que lo has logrado, dirán que siempre creyeron en ti”.

Hay decenas de recetas para alcanzar el éxito y la felicidad, la mayoría asociadas al esfuerzo, el trabajo y el sacrificio. Y así nos vamos midiendo en reuniones sociales, en base a un sistema meritocrático, si bien no está oficialmente implantado, lo llevamos inserto en el cerebro. ¿Estos amigos tienen éxito? Y estos desconocidos... ¿cuan cerca o lejos están del éxito?

A lo largo de mi vida, he visto muchas personas alcanzar este tipo de éxito y, después de encontrarse un páramo tras su promesa de plenitud, intentar volver a tiempos pretéritos. No es baladí que nuestros mayores vayan por la vida desprovistos de lujos, como queriéndose resumir en lo esencial. Les basta con ver a sus familias, con disfrutar la naturaleza, con compartir mesas redondas, ver una película y emocionarse, escuchar las canciones que les hicieron sentir especiales. Para todo eso, sorpresa, no hacen falta grandes rentas, ni posición social, ni consideraciones externas, ni haber conquistado ningún éxito. Para esa gran mayoría de cosas, basta con existir y tu único mérito es haber sobrevivido.  

Me pregunté dónde estaría yo si fuera exitoso. Si tuviera, pongamos, dos o tres libros más publicados, si trabajara en una empresa de prestigio internacional, si tuviera una casa en propiedad, si un chófer me llevara al punto que quisiera de la ciudad o  tuviera la colección de vinilos más grande de la historia. Y si pudiera elegir un solo sitio, una sola actividad y una sola compañía, si pudiera capitalizar mi éxito como quisiera, estaría hablando con mi mujer y tomándome una cerveza tranquilamente en la terracita de casa.

El éxito fue ayer y no nos estamos dando cuenta.



miércoles, 10 de mayo de 2017

Siempre nos quedará París

Hoy he jubilado este tarjetero. Lo he usado estos últimos años pero ya no da más de sí. Se cae a pedazos. Era de mi abuelo. Guardo en la memoria la imagen de él doblando escrupulosamente los billetes y metiéndolos dentro. No es de extrañar, le acompañaba al banco cada semana. Contando y ordenando billetes era el mejor. 

Para todo lo demás, en su opinión, el mejor era yo. Daba igual la disciplina a la que me dedicara. Si era químico era el mejor, si jugaba al fútbol era Maradona, si era guía de bodegas era inigualable, si no hacía nada, también era el mejor. Cuando descubrió que escribía, por supuesto, me convertí en su escritor favorito. Me decía que iba a llegar muy lejos, que iba a conquistar el mundo, que iba a vender muchos libros, que no tenía la más mínima duda. 


Puede que esa fe tan irracional como inquebrantable sea a lo que me he aferrado todos estos años para seguir escribiendo. Hoy, que voy a París a comentar el "Yo, precario" con un grupo de alumnos de filología que han tenido el valor de traducirlo al francés, siento que, como un equipo, estamos un paso más cerca en nuestro propósito de conquista. 

C'est pour toi, grand-père.

 


lunes, 3 de abril de 2017

Dinero

Andaba yo ensimismado en mis cosas, ya a punto de salir del tren cuando un señor mayor me llamó de una voz, "¡JEFE!", dijo. Tendría unos setenta años. Yo ya sabía que algo me había dejado en el asiento, porque vivo con la sensación de ir dejándome todo por los sitios que paso (la chaqueta, la bufanda, la nevera del tupper, el tiempo, la vida). Con los años he aprendido a vivir con ello, y a veces ignoro esa voz que insiste en que gire la mirada una y otra vez. El hombre no tenía mi bufanda ni mi nevera del tupper, sino un billete de diez euros. Así, en su mano, también podría ser suyo. La única prueba de que era mío era su palabra. Eligió avisarme y en el momento de la entrega todo el vagón nos miraba con una mezcla entre asombro y incredulidad. "Gracias", le dije. El hombre volvió a su asiento como si mi gratitud le incomodara. Cuando bajé del tren, a través del espejo, pude ver su mirada perdida, vete tú a saber en qué lugar. No me va a cambiar la vida estos diez euros ahora sí en mi bolsillo, ni a él se la hubiera cambiado, pero su gesto tiene sentido en una sociedad que parece haber vendido su alma y en un escenario donde todos le miraban como a un incomprendido. A mí, sin embargo, me daba la sensación de que era el único que lo había comprendido todo. El dinero, per se, no vale nada.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Dulce condena

Decía el otro día Fernando Savater que llevaba dos años más muerto que vivo, en un magistral artículo donde describía la vida sin su pareja. Se sentía como un condenado en el purgatorio, todavía inconsciente de su condición de muerto. Iban desapareciendo de su mirada, poco a poco, sus objetos más preciados, desprovistos de interés. Revisitar sus placeres sólo le provocaba una incómoda nostalgia. A él, un cinéfilo empedernido, ahora no le drenaba savia nueva las películas, a él, lector voraz donde los halla, los libros le parecían simples folletines, las series, una novedad de escaso interés, la vida, una prórroga que nadie había pedido jugar.

Yo llevo un tiempo conviviendo con una sensación inversa, como si estuviera descubriendo una realidad que no es la mía. Siento que me importa mucho más el mundo a ochenta años vista que este puerco presente.  De repente, tengo lentes de largo alcance: qué va a pasar con el cambio climático, me pregunto, ¿conseguiremos de una vez un mundo con mujeres y hombres en igualdad? ¿en qué estado están las cuentas de los ayuntamientos del sur? ¿qué será de la educación pública? Y me suceden cosas aún peores, ya no paso de página cuando la revista llega a la sección familia, mi casa parece otra donde hay demasiados picos donde tropezarse, me emociono con los vídeos de padres que regresan de la guerra, me preocupa la programación de dibujos de la tele, volvería al sur cada fin de semana. El mismo que no quería llegar a viejo senil, ahora no tendría reparos en mirar a los ojos a la eternidad.

Y no es de extrañar, llevas ya un año con nosotros.



*A mi sobrino Pablo




miércoles, 8 de marzo de 2017

Breve encuentro

Lleno de bártulos como estoy, con el abrigo en una mano, el bolso del tupperware en la otra y la bufanda ya absuelta de la condena de mi cuello, para mí es un alivio llegar a sostener la puerta del bloque antes de que se cierre por la inercia de quien la ha abierto antes, y no tener así que rebuscarme en las entrañas del bolsillo para sacar la llave y repetir la operación. Me apresuro y consigo entrar en el portal, a duras penas, después de una agotadora jornada de trabajo.

La que ha empujado antes la puerta ha sido la vecina del sexto. La reconozco por la voz, pues está hablando justo en este momento por el móvil. Es la misma voz que se enojó conmigo, a través del telefonillo, una vez que me dejé la puerta del ascensor abierta en nuestro piso del ático. Aún recuerdo sus gritos: "¡Es que no tienes cuidado! ¡No sabes ni cerrar una puerta!". Claro, aquel día todos los vecinos tuvieron que subir andando. Desde entonces no la he vuelto a escuchar. Una conversación serena quedó pendiente. Será por eso que cuelga el teléfono y me analiza detenidamente.

Sí, soy yo, el que se deja las puertas abiertas, intento hacerle entender con la mirada. Si tienes que algo que reprochar, dilo ahora o calla para siempre. El ascensor tarda en bajar y ella permanece inquieta conmigo en el rellano, como muerta de vergüenza después de aquellos gritos que me profirió. Mujer, no es para tanto, siento la tentación de decirle, pero también yo siento vergüenza. Cometí un error, ella cometió otro, y bueno, ambos se anulan, ya está. Ya podemos hablar del tiempo, de la compra, de que cerró la peluquería, de la vida en el barrio. Ya fue.

Pero ella sigue sin decir ni pío, incapaz de tener un gesto de cortesía, quizás aún rencorosa. ¿Tanto le pudo haber afectado subir andando? ¿Venía cansada aquella noche? ¿Borracha?  El ascensor y nada más. Voy al último, digo, pero ella no responde. Mutis. Pulsa el sexto y se acabó. Me sitúo en el extremo del ascensor, como un niño castigado en el colegio, mirando hacia el suelo. Los pisos pasan con una lentitud exasperante. Entresuelo, uno, dooos, treeeees, cuaaaaaaaatro, ciiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinco, pordiosqueseacabeyaestemomento. Seis.

"Ciao", dice. Su adiós suena aliviado, como a disculpa.

Y por fin entiendo. Ni se acordaba de mí. Claro, nunca me ha visto antes en persona. Solo aquella discusión vía interfono. Cómo saber que era yo, el de la voz andaluza, este mismo hombre del abrigo que viene acelerado. Cómo distinguir a quien nunca viste en persona. La vecina sólo ha visto un hombre apresurándose por entrar a la par de ella en el edificio. Solo ha visto un hombre que quería montar en su mismo ascensor. Sólo ha visto un hombre que quería hacer su mismo recorrido. Solo ha recordado las noticias durante estos primeros meses del año, las páginas de sucesos, las estadísticas de la radio, las necrológicas. Solo ha sentido miedo.




#NiUnaMenos