lunes, 19 de marzo de 2012

Bocanada

El mundo ya sabía que se iba a quedar sin aire. No paulatinamente, sino de un día para otro y en un momento concertado. Cada país tendría su hora de fin de aire, según la franja. La fecha había sido descubierta de manera accidental por un grupo de científicos que venían buscando justo lo contrario, una mejora notable en las condiciones respiratorias del globo. Pero ahora resultaba que no. Que nada iba a mejorar y sería muy al contrario. Que un fenómeno imparable venía doblando la esquina. Y de nada valía guardar oxígeno para luego consumirlo, porque no se trataba de que éste fuera a desaparecer, sino que todo el que había iba a pudrirse provocando la asfixia de cuanto hubiere. Así, los que no estaban buscando aún remedios a contrarreloj, pensaban en qué iban a gastar su última bocanada de aire. En si iban o no a hacerlo en grupo, si merecía la pena acabar con un beso o un abrazo, si valía la pena probar algunas de las técnicas de contención que se habían difundido por la red o si era el momento de permitirse alguna extravagancia como lanzarse de un precipicio con tal de sentir el vuelo. O en otra línea, si no debieran expulsar cuanto antes el aire para no prolongar la agonía, si no era mejor vivir el resto del tiempo sin planes, hacerlo como el que nunca había oído sobre ello, si no era, después de todo, lo mejor acabar lanzando un grito, un alarido de queja, de agradecimiento, de reproche o de anhelo, que escupiera al aire cualquier cosa que les hubiera quedado por decir, el último desahogo.

3 comentarios:

  1. Te comento que yo eligiría algo alocado como lanzarme de un precipicio para sentir que estoy volando. Tendría dos problemas: acá es todo llanura y me sería difícil hallar un acantilado, tampoco hay edificios de muchos pisos; y la otra dificultad: alguien debería empujarme, soy muy cobarde...

    ResponderEliminar
  2. Mmm yo soy del otro sector. Conservador y miedica. Así que quizás eligiera dormirme con una pastilla y que me pille dormido o algo similar. Todo con tal de no sentir la mano de la dama de negro.

    ResponderEliminar
  3. "No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda". Woody Allen

    ResponderEliminar