lunes, 21 de octubre de 2013

Perdido

Aquel día, Dios perdió de vista a Jesús Ramírez. No lo encontraba de ninguna manera. Lo intentó todo y había resultado en vano, llevándole incluso a ese estado de paranoia tan propio del ser humano que le conduce a la mitad de sus desgracias: la prisa. Pero él no debía caer en eso, él disponía de toda la eternidad y aún así, sentía el picor de la inmediatez. ¿Consecuencia de pasar mucho tiempo observándolos? ¿Había adoptado sus mismos patrones de comportamiento?

Echó mano de sus habilidades para encontrar a Jesús Ramírez, al que había cuidado con especial mimo desde que era un crío. Su sonrisa, esa ingenuidad que desprendía, no sabía qué exactamente, pero le había caído bien. En algún momento, alguien o algo se lo habían cambiado. Son unos desagradecidos estos mortales, pensaba Dios, y del mismo pensamiento se sucedieron catástrofes aleatorias en la Tierra. Riadas, tsunamis, terremotos, una pequeña descarga de furia. Pero cómo no, se habían librado Jesús y su entorno, y terminó afectando a los mismos desgraciados de siempre. La fortuna suele reincidir en su filias y fobias.

Llevó a cabo un rastreo más exhaustivo, introduciéndose en la psique de todas las personas que formaban su entorno, mirando a través de sus ojos. No lo halló. Tampoco oteando la ciudad a vista periférica, en la visita fugaz de los lugares donde frecuentaba o introduciéndose por la ventana de su casa a través del cuerpo de un pájaro cantor. Ni rastro de Jesús. Después de haberlo criado, el joven había optado por traicionarle. Matar al padre era una obsesión de la clase adolescente. Y Dios era piadoso, pero no habría ya un segundo hijo pródigo, las lecciones de vida se imparten solo una vez.

Pensó en qué motivos habrían llevado a Jesús a quitarse de en medio. Hastío, desolación o deseo de independencia. ¿Es que no era su ateísmo suficiente concesión? Morir no había muerto, eso estaba claro. Ni estaba en su reino ni en el del vecino de abajo, que solo decía la verdad para este asunto, pues de ello dependía el equilibrio existencial. Había registrado en agujeros negros, limbos, purgatorios y aquellos espacios donde no sucede nada. Pero tampoco estaba allí. De él sólo había quedado el rastro de su ausencia y un entorno que pronto lo daría por muerto. La memoria es una tirana deseando traicionarte.
Así, no le quedaba más remedio que personificarse en cada espacio del globo, convertirse en humano, animal o cosa, hacer de policía como si esto fuera una vulgar película de serie B. Era una tarea que intentaba evitar si podía controlarlo desde arriba, donde solía desempeñar  cómodamente sus labores. Pero esta vez tocaba bajar.   

No tardó en encontrarlo. Jesús estaba en algún lugar perdido del monte, a unas cuantas millas de casa. Lo encontró fumando un porro, llevaba tres semanas allí. Dios iba bien camuflado en el cuerpo de un montañero e intentó entablar una conversación de igual a igual, pero Jesús reconoció pronto su deidad y su intención moralizante y echó a correr como un poseso. De nada sirvió, el montañero creció varios metros y alcanzó a su objetivo cogiendo su cuerpo con los dedos, a modo de pinza. 

-          ¡Déjame en paz! -Gritó Jesús, extendiendo los brazos sin oponer resistencia, como un mártir moderno.- Vendí mi alma al diablo y ahora tienes que dejarme libre hasta que muera. Abandonas a quién te sigue y quieres que te sigan los que te abandonan. No entraré en tu juego infecto y eterno. Vete por ahí y cárgate una ciudad si quieres. Machaca al débil, que se te da bien. Inventa fábulas sobre la bondad humana y cárganos con el peso de tus acciones. No te pienso hacer ni caso. 

No le dio tiempo a decir nada más. Tras un estruendoso chasquido, Jesús olvidó su pataleta y volvió al redil, bajando confundido el sendero que desembocaba en la ciudad. ¿Por qué habría ido a parar allí? Dios quedó decepcionado. Ya no era por lo que tan rencorosamente le había manifestado el joven como su voluntad, aquello de morir libre y con el alma vendida, sino porque sería él mismo quien no sentiría el afecto de guiarlo hacia ningún lugar. No lo merecía y había mucho en la Tierra en lo que trabajar. 

Por la noche, antes de dormir, Dios vio como Jesús Ramírez fue a dormir sin el más mínimo remordimiento. Tampoco se acordaba el pobre iluso. Antes, le había borrado de un arrebato su naturaleza insurrecta, y sería un espíritu dócil el tiempo que le quedara antes de entregarse eternamente al vecino de abajo. Sin embargo, el sentimiento de culpa era ahora de Dios. Se fue a lavar los dientes queriendo lavar su conciencia. Al séptimo día, cuando se tomó un descanso, perdió de vista a Andrey Volkov y a Calixta Prado, que desde sus respectivos países, planeaban ya vivir libres, como si Dios nunca hubiera estado allí.  

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