martes, 9 de febrero de 2016

Me sueño

Últimamente me sueño siempre adolescente. Como el chaval que fui o como el que siempre quise ser. No sé, el caso es que tengo como quince años menos. Y me sueño de un realismo brutal; los brazos delgaditos, barbilampiño, sensible como la rosa que se defiende con espinas, viviendo a mil por hora. Hoy, más o menos mantengo el ritmo, sólo que ahora me dejo confundir por la vida. Me importa por ejemplo eso de pagar el piso a fin de mes, volver a Jerez de vez en cuando, me importa el qué dirán, y también me importa lo que la gente sienta cuando escribo y cuido las palabras como si se fueran a agotar, me importa el día de la semana en el que estamos, que tenga tiempo de tomarme el café de la mañana, que mi compañero de trabajo no pise demasiado el acelerador, los kilos de más, me importa que no haya ruido en la oficina, descansar bien por la noche y hasta el autor de la obra que estoy leyendo, el que compuso la canción que suena o el que analiza el cine en el periódico; me importan demasiadas cosas, como que no me vean llorar ni discutir ni enfadado ni aletargado ni dormido ni despistado, me importa el pasado y el presente, me preocupa el futuro, y me afectan asuntos tan odiosos como tener y retener, como el dinero, como no contradecirme, como tener pesadillas. Quizás por eso ese empeño del subconsciente de enfrentarme con mi otro yo, el antagónico yo que me recuerda que la vida es sueño, un lugar donde no hay mañana ni existen las horas, donde todo es liviano e insignificante ante la dura tarea de buscar el amor, lo único que importaba entonces y, en definitiva, lo único que importa hoy. A veces, por la mañana, me arrastro hasta el baño pensando en cual será el siguiente juego y tiene que ser el reflejo quien me enfrente al viejo con barba del otro lado. Antes, había venido flotando, como sólo flotan los niños.



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