lunes, 18 de abril de 2016

La vida entera

La vida entera. Así es el título de la última exposición de mi amiga Ana Portnoy sobre la vejez, su dignidad y su aprendizaje, su ejemplo. Con dos retratos y apenas tres líneas de texto, puedes reconstruir las vidas de quienes hicieron de su vejez una época a la altura de cualquier otra. Un arquitecto de noventa años, una activista social de ciento ocho o una ex-trapecista ciega, que a los noventa y cuatro años, vive sola, baila tango y hace gimnasia cada día.

Hay quienes la vejez le sirven para rendirse cuentas, quienes llegan vencidos a sus últimos días, y hay quienes la afrontan con ilusión y esperanza, como si nunca fueran a cambiar de barrio, quizás porque de alguna forma, una parte de ellos se queda para siempre a este lado.



La exposición es buena en sí misma, pero la convierte en excepcional su enclave, un centro de mayores donde se juega al dominó, al cinquillo y al billar, se dan clases de nuevas tecnologías y se leen los libros usados de la biblioteca. De la interacción entre la obra y su encuadre, de ver esos ancianos reconociéndose en otros ojos y en otras miradas (hasta parece que los protagonistas de las fotos estuvieran viendo más allá de su horizonte), reafirmando el discurso de mi amiga fotógrafa, nace una hermosa experiencia que merece la pena vivir.



Todo iba bien hasta que vi a un señor parecido a mi abuelo sentado al fondo de la sala. No era mi abuelo, pero de repente, ya lo era. Bastó con verle cierto parecido, probablemente autoinducido, no lo sé. Mientras tomaba una cerveza en la barra, lo observé con gratitud. Me sentía emocionado por volver a verlo, aún a través de una ensoñación. "Mi abuelo" leía lentamente, como si tuviera un libro eterno, o como si tuviera toda la eternidad por delante. Por un momento quise interrumpirle la lectura y decirle, ey, abuelo, ¿ves? al final escribo libros, como tú siempre dijiste que haría.

No lo interrumpí, preferí dejarlo ahí, pensar que lo dejaba, ad eternum, leyendo uno de mis libros.

Siempre que pienso en sus últimos días, me viene la imagen de mi hermano afeitándolo en el hospital. Esa tierna escena entre las paredes frías, el sol reponiéndose ante el ocaso. Mi abuelo tuvo una vejez magnífica, lúcida y plena, pero si hubiera sido un viejo senil incapaz de articular palabra, lo hubiéramos afeitado igual. Ni de niños éramos perfectos, ni lo somos ahora, ni lo seremos en nuestra vejez y es algo que llevo aprehendido desde hace algún tiempo. Nos han inoculado que hasta viejitos, hemos de producir algo para esta sociedad enferma, nos han convencido que de no ser así nos convertiremos en un estorbo. Y no se enteran de que si veo a mi abuelo donde no está, si mi hermano lo afeitaba cuando estaba ya recibiendo a la muerte, o si mi madre revive tantas veces sus recuerdos, es porque ya estamos muy por encima de todo eso, porque la vida entera es, precisamente, estar vivo más allá de la vida.


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