jueves, 26 de julio de 2012

El Concurso

El panel del público estaba cambiando de color, ahora las manchas rojas iban ocupando el terreno de las azules sobre el hemiciclo, y la concursante comprendió que estaba arañando votos, recopilando adeptos, que por fin su proyecto, la última novela sufragada de la historia, tenía alguna opción de ver la luz. A veces uno se empeña en ganar por virtud propia lo que los desméritos ajenos te traerán sin mover una pestaña. El arquitecto lo había hecho hasta entonces todo bien: había expuesto con claridad la viabilidad económica del museo, dotado de una perspectiva artística su discurso, había aprehendido las claves de la exposición oral, y jugando con el tono, subía o bajaba su ímpetu mostrando humanidad, luciendo una sonrisa aprobatoria, presumiendo sin decoro de su familia excelentemente vestida a pie de atril. Su mujer le saludaba henchida de satisfacción. Su propuesta era la de un orador para el recuerdo. Pero en algún momento del discurso incidió tanto en el valor material de su obra, en la magnificencia del proyecto y en el grado súmmum de su propuesta, que perdió el favor de los humildes y revirtió, sin quererlo, el proceso que le había llevado hasta su dominio.

Cabía tener en cuenta que entre público todavía quedaban muchos nietos de artistas. Gente que habían crecido con sus abuelos dedicándose a sus obras, en el taller de la casa familiar esculpiendo una figura, pintando su genuina visión del mundo o escuchando las notas de ese piano que sonaba por gustarse a sí mismo para luego gustar a los demás. Eran nietos del arte y de la nostalgia. Ahora que existían las obras pero no el oficio, que sus abuelos vagabundeaban en su retiro entre el alivio y la resignación, sentían que homenajeaban esas figuras representativas de otro orden de las cosas. Dejaban captar su sentimiento, que pasaba por la fibra sensorial hasta ser filtrados por la máquina, y esos resultados, en clara tendencia a compensarse, ya no eran los de una mayoría que engullía una obtusa resistencia. Aún tenía que hablar la joven, que había venido sola y soltera y no tenía a nadie a quién mirar, y se contaba para sí misma las opciones que aún le quedaban. Aseguraba entre bastidores que llevaba tres años dedicándose en exclusiva a su historia, que había renunciado a otros amores y a otros trabajos y otras formas de vida y que, aunque hacía mucho tiempo que nadie pagaba por ello, ella no olvidaba la costumbre de tomarse la escritura como un oficio, pese a que tuviera que vivir de réditos, pedir prestado o pasar hambre, cosa que por fortuna, nunca le había llegado a suceder.

La cultura llevaba varias generaciones sin remunerarse. Después de las revueltas, el tiempo había apaciguado el terreno dejando un recuerdo arrepentido. La gente sentía que pudo haber hecho más, pero lo cierto es que no hizo casi nada. Se dejó alienar por el miedo a tener miedo. Las manifestaciones fueron silenciadas, solapadas, ignoradas o sencillamente, no existieron. El gobierno prohibió el pago de cualquier actividad cultural y apostó fuerte por un nuevo modelo productivo. Estadísticamente, los números dieron la razón al ejecutivo. En mitad de una crisis económica sin precedentes, la sociedad aceptó las nuevas normas culturales como un efecto colateral, sin apenas reproche. Se suprimieron las becas y las remuneraciones públicas y no se permitieron actos privados culturales donde circulara dinero líquido. La cultura debía ser gratuita, sí o sí. Se habilitaron espacios de exhibición y se confió en el talento solidario para ocupar el ocio y los placeres del contribuyente. Era, más que nunca, una cultura libre y accesible para todos, dijeron los responsables de cultura. La frontera entre libertad e imposición constituía una maraña confusa.

La desocupación artística a favor de los famosos activos útiles revitalizaría el país económicamente. Los escritores pasaron a ser redactores de manuales y libros de estilo, los pintores siguieron siendo pintores, pero esta vez de brocha gorda, los músicos eran creativos publicitarios y los cineastas, los más importantes, ocuparon puestos directivos en organismos y asociaciones culturales. Los que no, se reciclaron en oficios de otra naturaleza y donaron su talento al bien comunitario o, sencillamente, lo dejaron olvidado en algún rincón de su alma. Algunos locos, los que decían no saberse dedicar a nada más, fueron defenestrados o rescatados por familiares y amigos.



El gobierno manejó con tino la presión de los insurgentes culturales, bautizados terroartistas, castigándolos con multas desproporcionadas y creando un programa de televisión que repartiría cada dos años el mayor premio artístico del país: pagar una sola obra en arreglo a las pretensiones del creador. Así, las obras artísticas luchaban entre sí pasando eliminatorias y constituyendo un filtro que distraía a la audiencia cíclicamente, por encima de cualquier otro evento. Músicos, actores, arquitectos, escritores, poetas, pintores, todos competían en una lucha sin cuartel, a cara descubierta. Los afortunados no sólo ganaban el notable pago de su obra sino que además podrían explotarla comercialmente. Era la excepción que confirmaba las reglas. Así fue hasta que hace un año el gobierno tuvo que enfrentarse a más recortes y suprimió también el programa de televisión. Se realizaría uno más y pasaría a ser pasto del recuerdo, uno de esos programas a los que se alude de vez en cuando.

Las eliminatorias superaron todas las previsiones. El gobierno reforzó las ayudas a la organización del programa, instauró una comisión encargada de regular las apuestas ilegales y dejó pasar el tiempo con su fabuloso circo funcionando a mil por hora. La última edición había traído a la final dos proyectos bien diferenciados. El hombre de familia, arquitecto e informático de profesión, planteó fabricar un museo histórico con un compendio de todas las artes que fueron pagadas a lo largo de la historia. La infraestructura, todavía en fase virtual,  se presentó con una maqueta láser y sería una construcción domótica y sostenible, dividida en disciplinas y periodos históricos. La selección propuesta la había conformado previa consulta con un gabinete de expertos culturales. Era un proyecto épico y grandilocuente, que conmemoraría a gran escala el fin de una era.

La joven, en cambio, había llegado con un proyecto tradicional, evocado a la antigua usanza. Era fruto del encierro más esmerado y de la singladura de las musas en una misma dirección. Escribir y reescribir. Una novela como cualquier otra, decía, una simple colección de páginas de papel o archivo electrónico. Nada más, nada menos. La historia trataba de un viajero en el tiempo que establecía relaciones con artistas de cada época y debatía sobre la dificultad de crear en el contexto que les había tocado vivir. La novela no sólo se sostenía por su carácter simbólico, sino también por su prosa excepcional. Aquella joven era un talento prodigioso. De alguna manera, los dos finalistas compartían un aspecto común, homenajeaban al pasado desde un presente diferenciado. Eran críticas sumisas, por lo tanto no eran críticas reales, decían los terroartistas. Y se concentraban en los aledaños del plató de televisión coreando contra el programa, ataviados con silbatos y pancartas. Para algunos, era una agrupación con irremediable tendencia a las disputas internas y en proceso de extinción, para otros, un molesto vestigio del pasado. Pocos creían, a estas alturas, en su capacidad para promulgar un cambio.

A la joven le tocaba hablar y decidió hacerlo a través de su prosa. En su novela, el último episodio relataba el encuentro con un artista del futuro. Lo leyó pausada y con el nervio preciso. Era un epílogo de tan sólo cinco páginas. En él, apenas un millar de personas poblaban ya la faz de la tierra. Una tierra apocalíptica y desmedida, gobernada por la desconfianza. El artista que encontró era un pintor que sólo sabía pintarse a sí mismo, huraño y cínico. Dejaba pasar los días buscando su propia perfección. Fuera, la gente vivía hacinada en barracones con los que lograban aislarse y evitar la presencia de otros habitantes. Las guerras civiles se habían convertido en disputas de barrio. El arte se extralimitaba al placer de crear para una o dos personas, allegados y familiares. El pintor llevaba años sin hablar con nadie y preguntó al viajero del tiempo acerca de sus pretensiones y éste le resumió brevemente la historia de su viaje. Habló del arte a través del tiempo y de cómo éste mutaba y había sido utilizado de mil maneras por parte del hombre. Como arma política, como método de evasión, como simple circo, como sustento vital, al final, el hombre era el último responsable de lo que había creado. También lo era de su propio final como especie, que se adivinaba a la vuelta de la esquina. Había completado un ciclo donde el pintor de autoretratos se daba la mano con el Neardenthal de las primeras expresiones rupestres. En su última conversación, los dos protagonistas terminaban riendo absurdamente, brindando, no se sabía bien, si por la cultura o por lo que quedaba de ella.

El público reaccionó desorientado, había perdido la costumbre de indagar en los motivos del otro. Unos sintieron la obra como un alegato revolucionario y otros como una defensa de la realidad actual. Unos creían que el caballo había llegado a Troya y otros pensaban que sólo era un emisario con disfraz. Los más osados, lo entendieron como una pura exhibición de anarquía. El nerviosismo se apoderó del hemiciclo, el arquitecto no sabía si estaba ganando o perdiendo y la gente no podía ni sabía llegar al consenso que la historia le había estado negando todo este tiempo. El baile de manchas rojas y azules no había hecho más que comenzar.

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