domingo, 19 de agosto de 2012

Crónicas de un azafato en apuros: La entrega. (1/2)

Trabajar puntualmente es querer hacerlo siempre, a cualquier hora y elevando al máximo tus opciones como candidato. Eso se consigue rebajando exigencias y aceptando la realidad tal y como es, una ruina. El desempleado a las puertas de un trabajo no tiene derecho a réplica ni presenta condiciones. Las piensa a posteriori, cuando ya ha cazado el oso, o directamente ni las considera. La mecánica es decir a todo que “sí” y asumir una posición de servidumbre, con lo que pasarás una criba entre el número de opositores. No es cierto que las horas le pasen lentas a un parado, el paro es un cronómetro vertiginoso en su cuenta de ocasiones perdidas, pero el tiempo sigue pasando deprisa, como queriéndote restregar su carácter definitorio. Volviéndote cada vez más parado.

Es viernes pero para mí podría ser lunes o martes. No tener dinero te saca de los bares y restringe tu vida social. Todos los días parecen el mismo. Lo único que cambia, a veces, es el decorado. El fin de semana libera a la gente de sus cubículos absorbealmas, también llamadas oficinas, y ves tu alrededor más concurrido. Son las fluctuaciones típicas de otra semana muerta.

Apuro mis opciones de revivirla antes de que se suceda otro fin de semana y, en consecuencia, otra semana más sin trabajo. Para encontrar un trabajo a última hora de la tarde del viernes has de emplear tu tiempo en refrescar una y otra vez las páginas de búsquedas laborales. A las 13:00, 13:15, 13:30... Pestaña de “buscar”, Enter, y así en un bucle infinito. Con suerte, alguna empresa de empleos puntuales, generalmente dedicadas a promociones o servicios externos, tendrá una baja de última hora de cara al fin de semana y quedarán puestos vacantes. Con suerte, todos los posibles sustitutos habrán programado su fin de semana y no querrán cambiarlo a última hora. Con suerte sólo yo y unos cuantos desesperados más suelen emplear esta técnica. Con suerte soy el pistolero más rápido del ciberespacio. Con suerte mi baja estatura y mi escasa fuerza pasan desapercibidos. Con suerte, se alinean los astros y consigo un día, por fin, trabajo.
Es lo que sucede en esta ocasión. La oferta dice:

“Necesitamos una persona para un pequeño trabajo en Barcelona esta tarde sobre las 17.00 horas. Trabajamos con una empresa de Renting de coches y tiene que entregar uno en Barcelona, la idea es que al mismo tiempo que la grúa entrega el coche al cliente haya una persona que le explique cuatro cosas del coche y que le entregue unos documentos para que los firme. Es pura imagen. Se trata de una media hora de trabajo aproximadamente. Se pagan 20€. Si te interesa, inscríbete en la oferta.”

Miro el reloj, son las 14:15. A esta hora la mayoría del ciberespacio está comiendo y por fin aparcan su “yo” virtual. Mando mi currículo orientado a este tipo de trabajos, una hoja de servicios cutre. ¿Qué puedo hacer con veinte euros? La compra semanal parece la opción más lógica. Si combino el puesto de la fruta y verduras con una visita a la cadena de supermercados más barata y explotadora de la ciudad, y calculo siete comidas y siete cenas, me da de sobra para ello. Es una decisión tramposa, porque uno no quiere colaborar con que un trabajador cobre una miseria y el salario medio siga en las catacumbas mientras el IVA, los impuestos y las facturas suben sin compasión. España tiene un IVA equiparable a los países más ricos de Europa, 21%, y sin embargo, el salario mínimo es uno de los más bajos, 641 euros. La desproporción ahoga y la gente va por la calle asfixiada, y no son las temperaturas precisamente. Con mi compra, estoy contribuyendo a que todo aquello siga por ese mismo cauce que conduce al abismo. Pero al mismo tiempo sólo estoy hablando de alimentos. Nadie debería sentirse mal por comprar comida, ni siquiera yo. Otra opción es tomarme esos veinte euros como un premio, hacer como el que nunca iba a tenerlos y gastarlos en algo que me apetezca de verdad. Un cómic o un libro, por ejemplo, que hace meses que no compro. Pero enseguida caigo en que puedo leer los libros de mi compañero de piso, que tengo dos o tres pendientes de leer y que además me he hecho el carnet de la biblioteca municipal. El deseo carnal hacia el objeto, el afán de coleccionista y el materialismo crónico son vestigios del pasado. Toca asumir otra forma de vida, cambiar el reflejo de los últimos veintinueve años. Una tercera vía sería emborracharme con ese jornal, seguir la tradición histórica de tantos y tantos trabajadores que se emborracharon con tal de olvidar sus penas. 
Bebería por mí y por todos aquellos que se entregaron a la bebida. Me daría para tres cubatas en algún bar del barrio o veinte cervezas de las que los paquistaníes venden en cualquier plazoleta concurrida. Lo haría gustoso, pero recuerdo que tengo desde hace quince días una fisura anal provocada por estreñimiento y el alcohol deshidrata y me hace mal y no me conviene beber porque luego sufro como un energúmeno cuando voy al baño. La crisis, además de en mi bolsillo, también está en mi ano.  

Así pues,  gastaré mi dinero en comer. Veinte euros, la comida de la semana. Quizás no una comida excelsa ni de paladar fino, no hay bogavante ni marisco ni pollo frito ni botellas de vino de crianza. Sí hay verduras, legumbres, pasta y albóndigas y atún enlatados. Mientras estoy repasando la lista de la compra, recibo la llamada que estaba esperando.

Hola Javier, ¿Cómo estás? Soy Cristina, de la empresa equis. Se presenta como si nos conociéramos de antes, con una indisimulada confianza. Hola, ¿qué tal? Contesto. Mira, dice directa, tu trabajo consiste en hacer una entrega de un vehículo. Es muy sencillo, te voy a mandar un correo electrónico ahora mismo con las condiciones de la entrega, dónde tienes que estar y qué debes decirle al cliente. Tienes que presentarte como si fueras empleado de la empresa de servicios que nos subcontrata. Lo hacemos por una cuestión de imagen, porque podría darle el señor de la grúa directamente el vehículo, pero elegimos que lo haga una persona con más imagen: Tú. Casi río al escucharlo, pero aguanto bien. ¿Tienes americana? Sí ¿Pantalones de vestir? Sí, claro. ¿Y camisa? Sí, sí, lo tengo todo. Muy bien Javier, pues atiende al correo y te llamo en cinco minutos para ver si tienes alguna duda. 

Recibo el correo. Haré de intermediario en la entrega del coche y escanearé el contrato de renting que luego pasaré a la empresa vía telemática. Sencillo. La entrega se realizará en un parque empresarial a las afueras de Barcelona, pegado a una gasolinera. El gruero me recogerá y me llevará hasta allí. Luego,  procederemos a la firma de papeles y podré irme a casa. Comunico mi nuevo trabajo a mi entorno, aunque solo dure un día y paguen veinte euros. Cualquier mejora de mi situación laboral me parece digna de ser compartida. Se lo debo a todos los que soportan mi eterno quejío de perdedor. Todos reaccionan de igual manera: ¿Cómo? ¿No llevarán nada raro en el coche? ¿Es seguro lo que estás contando? ¡A ver qué tipo de intercambio es! ¿No te irás a meter en un jaleo? ¿Por veinte euros vas a hacer eso?
Pues sí, eso parece. Ya no hay vuelta atrás. Me he comprometido y mi palabra significa más que cualquier contrato. Soy una persona chapada a la antigua, en la línea de auténticos hombres de honor como Clint Eastwood, John Wayne o Peter Parker. Soy un hombre comprometido con sus actos. Un hombre fiel. Un hombre entregado a una causa. Un tonto.

Me visto con mi traje de chaqueta para trabajar. Es el mismo que uso para convites, bodas, bautizos, comuniones, fiestas de gala y ocasiones dignas de etiqueta, el único que tengo. Cojo las llaves de casa, las guardo en el bolsillo interior de la chaqueta y voy andando hasta el punto de encuentro con el gruero. Hace casi cuarenta grados y un calor infernal. Es agosto y Barcelona despide su aliento de dragón sobre los habitantes. Siento cómo el sudor resbala por mi espalda y empapa la camisa. Por el camino voy pensando que quizás toda mi gente pudiera tener razón y yo no. Odio cuando no tengo la razón, suele presagiar algo malo. Y es que podría ser fácilmente un embuste y haberme metido en un berenjenal. 

Pudiera ser que ese coche contuviera droga, armas o un cadáver dentro del maletero y que probablemente alguien, perseguido y acosado por la despiadada mafia del este, estuviera interesado en deshacerse de aquello. Y claro, ahí entraba yo, el pardillo perfecto que acude a una trampa alentado por el color del dinero, el perfil idóneo para cargar con la culpa. El FBI en operación conjunta con los mossos d’esquadra lograrían apresarme después de una carrera infructuosa hacia ninguna parte, justo al lado de la gasolinera dónde procederíamos al intercambio. Yo no podría defenderme puesto que carecería de pruebas que atestiguaran mi inocencia. Había un coche con un cadáver, armas y drogas, y había una persona que lo entregaba que era yo y no había nada más. Pasaría años en la cárcel pagando por un delito que no cometí, como dicen todos los presidiarios aunque siendo escrupulosamente cierto, y así, se iría tiñendo mi cabello de canas hasta que años después, cuando un abogado sediento de justicia recuperara el archivo del caso e investigara concienzudamente, se diera cuenta de que verdaderamente era inocente y luchara por mi libertad. Al final, después de un juicio interminable, saldría por la puerta de los juzgados gritando mi inocencia y diciendo que mi padre murió sin verme libre, como hacía Daniel Day Lewis en “En el nombre del padre”. 

(Continuará...)

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