Acaba de irse, así sin más, el año más intenso de mi vida. Vino aquel uno de enero a ponerlo todo patas arriba y se va ahora con ese aire inocente, como si no se hubiera apoderado temporalmente de mis sueños, mis deseos, mis demonios y frustraciones haciendo de ellos un cóctel violento que he ingerido como en esos cómics donde un accidente termina cambiándolo todo.
Ha sido un tiempo de alegrías y de penas, el más dulce y
cabrón de los coleccionistas de momentos, el alambre donde he estado haciendo
equilibrio a un solo paso del orgullo y del miedo.
Me ha pasado de todo. Me publicaron el que espero que haya sido –tan sólo-
mi primer libro, me convertí en el Precario y conocí el mundo de los medios de
comunicación y el olor de sus entrañas, sentí su fétido aliento, su peligrosa promesa
de grandeza y sus más míseras miserias. Por otro lado y casi al mismo tiempo,
fuí testigo directo del drama familiar de mi pareja, que aún así ha sido, y es,
mi bastón y mi red, la manta que me abriga el frío, la mejor de las buenas
compañías.
Cambié de trabajo, y con ello, cambién también mi ánimo,
recuperando el autoestima y viéndome capaz de todo, tan capaz que terminé
sobreestimándome, viviendo a mil por hora, haciendo de todo pero sin hacer
nada, perdiéndome en el laberinto de las dudas como un niño que sale del
colegio y se ve solo, engullido por un horizonte tenebroso. Y es casi una ofensa hablar de soledad en un año donde mis
amigos han sido tan significativos, si la calidad de un hombre se mide por sus
amigos, yo debo ser un buen hombre. También se han unido muchos al barco personas
que regurgitó el pasado y otras que estarán en el futuro. Cuando lo del libro,
me sentí capitán en altamar hablando un poco por todos. Por eso siempre digo,
que el libro es de todos, porque verdaderamente lo siento así.
También cambié de casa y pasado los treinta, por fin, me
independicé. Pasé de vivir con cuatro o cinco personas a hacerlo solo. Recuerdo
la primera vez que cerré la puerta y me atrapó el silencio. Enseguida supe que
ese silencio era lo más parecido a la calma que me iba a suceder este año y que
iba a sustituir a la música. Este año, la música ha sido el silencio.
Entre tanto, la vida literaria me ha alejado más que nunca
de la literatura, una paradoja fácil de intuir. He conocido personas sabias,
generosas y humildes, cuya sola presencia me hacían crecer. Para mí, los
superhombres modernos nunca se siente héroes. Supongo que algún día revertirán
en mis escritos. También conocí algunas personas desesperadas y mezquinas que
se venden por un puñado de dólares, macarras de la moral y guardianes de lo
ajeno, pero son los más fáciles de olvidar. Sólo espero no sorprenderme nunca
siendo uno de ellos. Además, llevo tiempo sintiendo que he perdido la sana
costumbre de escribir por el simple placer de hacerlo –aunque el proceso
incluya grandes demonios-. Quiero volver a hacerlo con ese ímpetu que
acostumbraba, sin descanso, para la gente pero sin pensar en la gente,
entregándome a la historia y alejado del murmullo de la industria. Quiero
sentirme las letras por dentro, brotando por mis poros hasta alcanzar el folio
en blanco. Quiero volver a las catacumbas.
He acabado el año exahusto, psicológicamente agotado,
laboralmente estasiado y personalmente, en paz. Lo hice al lado de mi familia y
luego con los amigos al lado del mar. Hay lugares perfectos para renacer. Allí
comprendí que mis bienes más preciados ya los tenía antes del 2013 y que este
2014 me vale con mantenerlos, que lo bueno ha sido una consecuencia y lo malo
una prueba de fuego más en este camino de trampas que es la vida. Vuelvo a
Barcelona, Carmen duerme en el sofá y el
silencio se adueña del piso, y entonces, siento la certeza de que he recuperado
el rumbo. Mi rumbo que es no tener rumbo. Me siento más Javi que nunca.
Ole, no digo más, que el elogio florido podría estropear este cuadro.
ResponderEliminarSimplemente, maravilloso.
ResponderEliminarLo he vuelto a leer y he vuelto a sentir alegría por todo lo que te ha pasado de bueno.
Abrazo enorme!!!