martes, 17 de mayo de 2011

Otra copa más

De repente, la lluvia ya no era de agua sino de vino. Unas veces caía Oloroso, otras veces Fino, otras Palo Cortado y así en las múltiples variedades existentes. Igual que había días alegres y días tristes, ahora había días de Manzanilla y otros en que llovía Néctar, más pasa que vino. “Se avecinan días de Néctar y tormenta”, decían los meteorólogos. El granizo estaba formado por pasas enormes, aprovechadas para hacer pasteles y guisos dulces por aquellos con algo más de destreza en la cocina. Desde el principio, hubo quién estuvo dispuesto a hacer negocio a partir de las nuevas lluvias, pero, ¿cómo hacer negocio con lo que podía disponer cualquiera, con tan solo tener un cazo, una jarra o un botijo y un embudo? El gobierno se adelantó al problema declarando que esos vinos no podían ser vendidos… excepto por ellos mismos, que estudiarían su calidad y crearía una marca barata, blanca, que se comercializaría en todas las tiendas y a un precio insultantemente bajo.

Los pantanos aparecían teñidos por una mezcla de uvas de mayor o menor tiempo al sol. El olor de la riada y el de los campos, se vieron fortalecidos, ahora el buen olor era el resultado de una lluvia con personalidad y señorío, y el mal olor era lo que antes se entendía como la mezcla de varios vinos baratos. Las bodegas tuvieron que mutar para perpetuarse, buscando variedades sintéticas, tratadas químicamente. Visitar una bodega era como visitar una antigua fábrica textil, algo reservado para curiosos, casi lugares de culto. Pronto, los enólogos advirtieron que todas esas lluvias tendrían que ser analizadas y verificadas “aptas” para el consumo, que nadie se lanzara a beber vino tan alegremente, que su trabajo tenía ahora más sentido que nunca. Pero no fueron considerados. La gente bebía vino tal y como lo recogía de embalses y envases sin verse afectados en su salud más que en la alteración de sus capacidades ordinarias, del modo que se verían afectados bebiendo cualquier otra bebida alcohólica. La nueva lluvia trajo consigo una oleada de confusiones; test de alcoholemia para inocentes sospechosos, despidos improcedentes, abstemios tomados por borrachos y borrachos que miraban al cielo como si se hubieran cumplido todos sus sueños, el paraíso tan cerca y la excusa perfecta para justificar sus vicios.

¿Y el agua? ¿Qué era del agua? Todavía había quiénes creían que el agua volvería como el hijo pródigo, que sólo era una cuestión de tiempo. El gobierno, por si acaso, decidió conservar toda la que pudiera, puso a funcionar depuradoras y activó un plan de salvamento contando con los mejores químicos y expertos, que basaban sus proyectos en conseguir agua a través de reacciones de laboratorio, fuera ser que ésta estuviera llegando a su fin. La poca agua que quedaba de dominio público, fue tratada como un bien preciado y muy por encima del oro, y se organizaron, espontáneamente, todo un universo de tendencias y teorías acerca del nuevo destino del agua, reinterpretaciones de su historia y elucubraciones sobre su futuro. Las asociaciones naturistas, mafias y prestidigitadores lanzaban sus teorías sin miedo a ser reprochados, pues contaban con la inercia de la incertidumbre. Podría ser el futuro de una manera u otra, y a su vez, el vino podría significar cualquier cosa. Los falsos profetas y videntes hablaban de un futuro que ya estaba aquí, preludio al apocalipsis que siempre habían presagiado, aseguraban que era ahora, perdiéndose el símbolo de nuestra pureza, cuando nos veríamos condenados a vivir en calles negras e infectas, lógica fermentación de lo que habíamos estado cultivando, que el futuro sería cada vez más y más negro y que la gente, todo el día ciega y empapada de su propia vanidad, terminarían consumiéndose aunque fuera de una manera sabrosa, dulce y desvirtuada de la realidad que estaban viviendo.

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