lunes, 8 de julio de 2013

El villano

Hoy termina la relación que tuve con mi hermano pequeño. A partir del momento en que se duerma, empieza otra, la que tendré con mi hermano, a secas.  De pequeño, solo le quedará el cuerpo. Se levantará desfogado y perezoso, como siempre que la noche anterior ha sufrido algún altercado emocional. Irá al baño y a la hora de lavarse la cara, de puntillas sobre el taburete, alzando la vista para mirarse sus propios ojos (los niños no pueden evitar considerarse los ombligos del mundo), rememorará a ralentí el día de ayer, algunos flashes aleatorios, luego un momento exacto de la noche y finalmente todo configurará el mismo recuerdo: el día en que traicioné su confianza.

Mi hermano y yo siempre nos hemos llevado exquisitamente bien. Mis padres, se esforzaron en que la diferencia de edad no fuera un impedimento sino una virtud en nuestra relación. A mí me hacía gracia esa aventura pedagógica que solía llenarlos de orgullo, así que me dejé llevar y terminé adquiriendo, sin quererlo, responsabilidades que no me competen. Ahora, amargo destino, no sé qué va a ser de mí. 

Hace unas horas me preguntó si era verdad que hoy conoceríamos a Superman. Todo es culpa del anuncio de una película que no deja de salir en televisión. Mi hermano no sabe quién es Obama, ni James Stewart, ni Elvis, ni Gandhi, ni Ernesto Che Guevara, ni Cortázar, ni Bono, ni Jordan, ni Steven Spielberg, se extrañaría un poco si alguien le preguntara por Messi, ni siquiera conoce al alcalde del pueblo ni sabría decirme quién es el delegado de su clase ni, probablemente, recuerde la dirección exacta en la que vivimos. No, no sabe nada de eso, pero sabe exactamente quién es Superman. “Clark Kent”, dice, y fija la mirada en el horizonte como si fuera a salir volando. Sabe sus filias, sus fobias, quién es su novia, el nombre de la piedra que le quita la fuerza, cómo se llama el periódico en el que escribe, el color de su fortaleza, en fin, todo lo enanamente posible. 

Esa tradición que entre la televisión, el cine, los dibujitos de la Fox, el estuche del colegio, los muñequitos de juguetes, la película esta del infierno y mis padres, joder, mis propios padres, han ido alimentando de buena gana, esa amalgama de valores, esa heroicidad que aporta el personaje al relato y que mi hermano aplica hasta en sus menesteres más ínfimos, en el simple hecho de dejar un bolígrafo en el cole, haciendo un juego de rol para una obra de teatro o imaginándose siendo otro que no es él, se la voy a arrebatar de un plumazo.
Él se limitó a llegar, me miró a la cara y preguntó: ¿Verdad que hoy vamos a conocer a Superman? Y la verdad, no sé qué le han dicho hoy en el colegio o qué clase de conversación ha tenido con mis padres esta tarde, no lo sé, lo desconozco, el caso es que se han ido de viaje y me han dejado de canguro, y al niño, claro, emocionado como una olla a presión. Que si va a conocer a Superman, dijo. Y claro, le he dicho que sí. Está preparando su habitación para la “venida”, con una fe que mueve montañas.

Y ahora, que  le quedan horas al día, que no tengo amigos a los que recurrir en este infinito agosto, sin una triste película en la memoria del ordenador que echarle a la boca al chaval, sin un cómic ni una frase grabada, ni un mísero disfraz ni cualquier herramienta que pueda mantenerle viva la esperanza por unos días, solo el tiempo exacto hasta que mis padres vuelvan y carguen con el monstruo ilusionado que ellos mismos han creado, mi hermano pequeño me va a odiar. No sólo Superman dejará de ser su héroe, también yo dejaré de serlo, ese hermano cómplice, cercano e implicado en sus fantasías, ese mano que le apoya, ahora no será tal. Seré el traidor que un día descubrió que los héroes, por mucho ruido que haga la caja tonta, por mucho que se pinte, que se escriba, que se vista la gente de ellos o por mucho que lo llegues a soñar hasta el punto de que creas estar tocándolo con la punta de tus dedos, no existen. No existe Superman, ¿verdad? Me preguntará antes de dormir, y claro, tendré que responderle la verdad porque mentirle de nuevo sería definitivo, y entonces, solo a partir de ese momento, su mirada ingenua mutará y me traspasará como rayo de luz y ya no seré su hermano sino un reflejo antropomorfo de la decepción, un traidor, un embaucador de sueños, el inclemente que dilapidó sus ilusiones, el mal personificado, el Lex Luthor de lo que hasta ahora había sido su vida.   

  

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