domingo, 9 de febrero de 2014

Fuego

Eran las 5:30h de la mañana cuando unas voces me despertaron: "¿Hay alguién ahí? ¿Pueden bajar? Salgan, salgan, rápido.". Estábamos en la habitación de una casa rural en San Pere del Pescador, Girona. Desde que comenzó el incendio hasta que el agente de policía nos despertó, nadie nos avisó de lo que estaba sucediendo fuera. Dormíamos a pierna suelta. El humo había nacido una hora antes antes en un almacén destinado a guardar ropa y materiales donde imperaba el desorden. El encargado no llamó a los bomberos a la espera de dominar lo incontrolable. La dueña, que recibió una llamada, tampoco lo consideró necesario. Nuestra habitación yacía al otro lado de la casa, en el segundo piso. Me desperté aturdido y pregunté: "¿Qué sucede?". "Fuego", dijeron desde fuera.

De un salto abrí la puerta y el olor a humo invadió la habitación. "Sol, un incendio, ponte algo, date prisa". Abrí instintivamente la puerta que daba a la azotea, con el fin de habilitar una salida por si el fuego ascendía. Aún no sé si fue inteligente o todo lo contrario. Por suerte, podré tratar de averiguarlo. Me ponía la sudadera cuando un chaleco amarillo irrumpió de la habitación. "Corran, salgan, salgan". Salimos, pero no se veía nada. El ambiente era tóxico. Ninguna indicación nos condujo a la salida, así que usamos la brújula de la memoria. Íbamos descalzos, Carmen en bragas y yo en calzoncillos, a tres grados en el exterior.

Fuera, todos los clientes esperaban aturdidos. Habíamos salido los últimos y éramos los únicos sin ropa. La polícía preguntaba al encargado cuánta gente había en la casa, "diecinueve", decía, "no, no, diecisiete", "¿Seguro?", replicaba el agente, "sí, creo que sí, puede ser". En poco tiempo, todo parecía controlado. Los bomberos son como Lobezno, los mejores en lo que hacen. Una pareja de nuestra edad nos habilitó la parte trasera de su coche y nos dejó una manta. Los huéspedes ya elucubraban dónde habían nacido las llamas y porqué. Un cigarro, un descuido, una negligencia. La ira se cernía contra un encargado que confundió la confianza con la incompetencia. El día anterior había estado celebrando el cumpleaños de su mujer con tres amigos más y una botella de whisky en la mesa.

Según nos contaron otros huéspedes, fueron los más perjudicado. Al principio no lograban salir de su habitación, escondida hasta la vergüenza en un rincón de la casa. Luego salieron tragando más humo que nadie. Al final, entre unas cosas y otras, acabaron vomitando. En el sector servicios, un descuido puede ser fatal. Una suma de ellos, mortal.

Lo comentábamos al volver a casa en el coche de un matrimonio catalán, ambos profesores, que nos daba más pena que rabia este susto, que ese era un oficio para estar siempre al pie del cañón, que la vida es muy puñetera y no te puedes relajar, pues no sabes lo que espera a la vuelta de la esquina. "Este era un regalo de nuestras hijas", nos cuentan. "¡Pedirle responsabilidades", dije, por ir relajando la situación. Aunque sólo nos relajamos ahora, ya en casa. Carmen duerme y me da la sensación, otra vez, de que la vida es como el juego de plataformas de una consola antigua, donde el protagonista va saltando obstáculos, cambiando de paisajes y superando adversidades, calculando lo que le queda de vida, hasta llegar a un final feliz. Algo que sólo alcanzan los que tienen el vicio de vivir.





En los medios.

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