jueves, 7 de julio de 2011

Desamores de barra

Hablo con una amiga en la barra de un bar, que es donde se arreglan las almas partidas por la mitad. Me cuenta que el principal problema tras su ruptura sentimental es encontrarse con el móvil a la noche, y esto lo dice como si el móvil tuviera dos piernas y anduviera por la casa cogiendo algo del frigorífico de la cocina, saliendo del baño después de una ducha o apareciera de repente en el salón. El problema, dice, es encontrarlo cuando regresas de la calle, cuando has bebido dos copas de más (pienso que esta noche podría ser potencialmente peligrosa), cuando te desvelas y te acuerdas de ese amor perdido y entonces quieres evitar mandar un mensaje o llamar y decir cuatro tonterías que entonces te parecen de vital importancia. Es el móvil el único vehículo directo a lo desconocido, a lo que ya no forma parte de tí. Y da igual que borres el número de teléfono, porque lo sabes de memoria, que apagues el móvil, porque sabes que acabarás encendiéndolo, o que lo dejes en silencio y lo escondas bajo la cama, porque recuerdas perfectamente donde está. Si tienes que llamar o mandar mensajes, al final terminas haciéndolo. Yo lo hago muy a menudo, insiste. Me lo cuenta como un drama, como un acto de cobardía que no sabe eludir.

Pero a mí, sin embargo, me parece un acto heroico. No hay nada más valiente que hablar desde la derrota, que manifestarse a sabiendas de que el triunfo se te fue de las manos y no volverás a paladear ese sabor, los verdaderos héroes son los que mandan mensajes porque sienten que ese amor frustrado merece unas palabras de más, lo fácil es decir "te quiero" cuando sabes que te quieren, gritar "me pierdo en tus ojos" cuando los tienes delante, y lo verdaderamente épico me resulta el desesperado brindis al sol de esta chica, ese sentimiento que ahoga al orgullo, la razón o lo políticamente correcto. Con dos detalles más de su historia, comprendo que he pasado a admirar a quién tengo delante. Me gustaría ser ella, pienso, pero no digo nada y la dejo contando su gran fracaso, aunque a mí parezca justo lo contrario.

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