viernes, 16 de diciembre de 2011

El museo

Paseando por el Museo del Prado y el Reina Sofía en Madrid, y por su alineamiento histórico, me preguntaba cuáles serían los cuadros de mi vida. El primero, seguramente, uno de la infancia en clave realista. "Chicos jugando en el parque", y Alex y yo corriendo por el Retiro mientras, al fondo, la figura borrosa de mi madre vigila con el rabillo del ojo. Luego, podría empezar una época de indefinición que desembocaría en algo insultantemente abstracto: La adolescencia. "Joven hurgándose las entrañas", por ejemplo. En mi adolescencia lo pasé muy bien, pero nunca estaba completamente feliz y sí parcialmente insatisfecho y no sabía explicar nada como una verdad incontestable. No es que ahora sepa muchas cosas, pero al menos no desconozco tantas. La siguiente sala sería una época de esplendor, la tardoadolescencia, esa etapa que ha inaugurado nuestra generación y en la cual siento como si hubiera vivido tres vidas a la vez o tres vidas en el espacio-tiempo de una. Por esa manía mía de reinventarme. Estos cuadros podrían formar una colección entera, seguramente por hallarse más a mano en el cajón de la memoria. "Noche estrellada en el campo", "El viajante", "Los amantes desconocidos" o, parafraseando a Faulkner, "El ruido y la furia". La técnica pictórica estaría por fin más hecha a sí misma, los trazos firmes y el resultado, mucho más claro. ¿Pero, y ahora? ¿Qué pasa con el ahora? Pienso en el ahora y solo se me ocurre un autorretrato al estilo cubista de Picasso. Veo la figura desvirtuada de un hombre en la barra de un bar, con la mirada perdida de tanto estar perdida. Se le difumina el contorno y tiene una copa delante como símbolo de sus sueños y de un mundo que luego no dura más de una noche. El presente, al final, es un cuadro imposible, inenarrable, que solo se puede explicar viviéndolo.

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