domingo, 4 de diciembre de 2011

La herida

Valencia estaba ahí, inserta como un aguijón indetectable. Este fin de semana la he convertido en una hermosa herida de guerra. Y yo, me he vuelto un ridículo marine que presume de las batallas libradas. Creo que, aunque era consciente de lo mal y rápido que dejaba la ciudad, el vértigo nunca me dejó sentirlo. Hasta estos días que me han revuelto las entrañas. Mucha gente ha venido a recordarme, sin palabras, que es como a veces se dicen las cosas, cuánto me he dejado en esa gran ciudad. Gente con la que querría estar siempre que quisiera y ahora resulta que no puedo hacerlo. He vivido y revivido una montaña rusa que ha durado cuatro días. Gente del pasado total, gente del pasado inmediato, la vida, al fin, pasando como un tranvía llamado deseo.
Cuando el autobús me ha dejado en Barcelona, ésta seguía girando salvaje e independiente, pues nadie puede pedirle ni un triste paréntesis. He mirado al horizonte y me he sentido libre después de mucho tiempo, nostálgico, satisfecho.

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