jueves, 6 de octubre de 2011

Las misivas

De repente, comenzó a recibir cartas pidiendo disculpas por parte del Ayuntamiento de su localidad. Pedían perdón por el uso y abuso de los poderes públicos, por haberlos utilizado con fines partidistas, por haberse apropiado de bienes comunitarios usando sus privilegios, por el enchufismo, por cohecho, por la subida de impuestos y hasta por cortarle la calle o haber desviado el tráfico a dos barrios de su casa. Todas empezaban igual, “Estimado señor López, sentimos hacerle llegar esta misiva con tal desafortunado contenido, pero nos vemos en la obligación de expresarle nuestro más sincero arrepentimiento sobre…”. Luego seguían su tónica usando algunos rodeos hasta llegar al quid de la cuestión. Comenzaba pues una carta sentida, una disculpa formal pero con cierto aire nostálgico, como si extrañasen, aquellos que escribían, lo que algún día fueron o quisieron llegar a ser.

Cuando parecían haber cesado las cartas de disculpas, o al menos, a llegar con menor frecuencia (cuatro o cinco diarias), comenzó a recibir cartas excusadoras no ya por esos asuntos, turbios, que habían ensuciado el mandato de los grupos en el poder, sino por aquellas acciones que, aún formando parte de su programa político, no llegaron a ver la luz.

Salió a la calle, impertérrito, para ver qué estaba pasando, no fuera solo cosa suya. Y pasaba que todo el bloque estaba en la misma situación: Recibiendo cartas, una detrás de otra, en las que el gobierno local se disculpaba por su falta de escrúpulos. En el resto de pisos, o casas, nadie sabía nada. Pero en su comunidad, los buzones amanecían atestados de cartas y servía de comidilla para cada descansillo. Cuando las cartas del gobierno local cesaron, fue el turno del gobierno autonómico, más afectado, según sus propias palabras, por la falta de vigilancia y de coordinación en cada acto gobernativo, y así hasta llegar a las cartas del máximo dirigente del país. Estas cartas eran las que más palabras utilizaban para explicar su arrepentimiento. Eran cartas de decepción, casi de autoflagelo que incitaban al perdón y a la respuesta, cartas por las que, en fin, llegaban a sentir verdadera pena.

Los vecinos reaccionaron de muy diversas maneras. Desde el que asumía aquellas palabras como sinceras y abiertas, hasta quién desconfiaba absolutamente de todo, pasando por el que perdonaba y abogaba por una segunda oportunidad, quiénes creían que eran una tomadura de pelo, un gasto absurdo de papel o el principio del fin del sistema político. ¿Y ahora qué hacemos? Dijeron en una reunión improvisada en el portal. Debernos reunirnos y establecer puntos comunes, comentó el vecino del quinto. Sí, eso será mejor, dijo el del tercero, expresar nuestro descontento e incitar a que cumplan sus promesas a partir de ahora. Tienes razón, y mandemos una carta con nuestras reclamaciones y peticiones, dijo otro que apenas participaba en la vida comunitaria. Y debemos hacerlo rápido, concluyó él, según me dijo el cartero, las cartas empezarán a llegar a otros bloques a partir de mañana. Quién antes llore, antes obtendrá su beneficio. Y aunque al principio lo miraron de forma extraña, pronto comprendieron que todo era el comienzo de una larga carrera, y que si querían tomar ventaja, más les valía aprovechar su posición privilegiada, justo lo que habían hecho con ellos durante todos estos años.

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