miércoles, 23 de noviembre de 2011

Las piedras

La ciudad amaneció llena de piedras. Mirando un rato por la ventana, le sorprendió lo inusual de la estampa. A decir verdad, a simple vista tampoco se hallaban excesivas diferencias, y si no te fijabas bien podía parecer incluso tratarse de una imagen habitual, nada fuera de lo común. Pero cuando fijabas la vista en algún punto concreto, y a él le solía pasar porque miraba a la kioskera casi todas las mañanas colocando las revistas, fumando un cigarro y ocupando finalmente su puesto habitual, entonces aparecían las piedras. Aparecía una piedra, y luego otra, y otra y al final estaban en todas partes. Salpicadas, sin orden ni concierto, pero distribuidas por todo el pavimento que era capaz de avistar. Y no era consecuencia del granizo, ya que las piedras aparecían compactas, secas, bien estructuradas y con el tamaño de una pelota de golf. Variaban en su composición, más o menos calcárea, más o menos pétrea, más o menos silícea, su forma no era del todo homogénea, pero siempre se trataban de unidades diferenciadas.

Comprobó que no habían caído del cielo, pues las fachadas de los edificios amanecieron exactamente igual que cualquier día, tan solo veinticuatro horas más viejas. Y los coches, ciclomotores y escaparates de los comercios, todo eso, parecía también amanecer intactos. Ningún estropicio material parecía indicar que aquellas piedras habían caído en forma de diluvio. Desde arriba, uno podía adivinar que la calzada se veía extrañamente invadida atendiendo a la dirección de los transeúntes. Andaban modificando levemente su trayectoria, como si a cada tres pasos tuvieran que esquivar los excrementos de algún perro. Parecían hormigas sacudidas por el drama de haber perdido su rastro.

Pensó entonces que podría tratarse de un conjunto de vehículos de grandes proporciones, un camión o varios camiones de carga o furgonetas, que habían volcado y vaciado su contenido en lo que podía ser entendido como mobiliario público. Quizás vertiendo las piedras de madrugada, cuando las ciudades duermen.

No dudó en vestirse, coger la cámara de fotos y salir a la calle. Era sábado y no tenía trabajo, así que el estropicio se notaba en menor medida. Había que dar gracias de que semejante incidente no se hubiera producido en un día estrictamente laboral. Los sábados, al menos, un buen número de funcionarios y empresarios descansan. Por la calle, el acontecimiento parecía ser tomado con tono jocoso. El tráfico solo se vio disminuido por el número de motocicletas, cuyos dueños, precavidos, optaron por medios de transporte alternativos. Los coches, por su parte, seguían su camino con normalidad, pues, a resumidas cuentas, era lo mismo que pasar por el campo o por algún terreno pedregoso. Las familias paseaban mirando las piedras y los niños jugaban con ellas, pese a las reticencias de sus mayores, que temían que, al cogerlas, pudieran contraer algún mal aún inédito entre la población.

Paseó toda la mañana sin destino, allí dónde iba sintiendo mayor alboroto, y durante todo el camino, pudo ver piedras y más piedras. Andar era de una incomodidad severa. El ayuntamiento había distribuido varios vehículos que, a través de megáfonos, avisaban a la población de que no sabía de dónde habían salido esas piedras, y que tendrían que esperar para saberlo. Se trataba una medida local. Estamos investigando varias posibilidades, decían los interlocutores, y sugerían a la gente no solo que no tocaran ninguna piedra, sino que no aprovecharan para lanzarlas contra otra persona ni contra ningún establecimiento concreto. Implícitamente, parecía el gobierno temer saqueos y ataques a entidades bancarias o grandes corporaciones. La incertidumbre les llevaba, en primer lugar, a proteger sus bienes más preciados. La hipótesis de las piedras esparcidas por vehículos se fue difuminando a medida que andaba, ya que todo el terreno recorrido estaba plagado de piedras. O había pasado una legión de vehículos o se trataba, efectivamente, de un origen incierto.

Dio una vuelta más por la zona, perdiéndose por callejones y esquivando las avenidas principales, pero también estaban infectas de piedras, así que decidió volver a casa y grabarlo todo con la cámara de video desde la ventana. Ya tenía suficiente material fotográfico y quería saber si se había producido alguna declaración institucional por parte del alcalde o el presidente del gobierno. ¿Era un problema local, provincial, autonómico, nacional, continental o mundial? ¿Estábamos ante la invasión de lo inerte, ante una reivindicación de lo menos aprovechable que había, unas vulgares piedras?

Encendió el televisor al llegar y los informativos alternaban imágenes de todos los rincones de la ciudad. Por lo visto, el fenómeno afectaba a todas las poblaciones. En una multidifusión, la imagen mostraba el atril del presidente vacío y esperando ser ocupado a la vez que varias ciudades afectadas. Se esperaba que, en poco más de media hora, saliera a dar explicaciones, si es que había explicaciones que dar. Si no, se conformarían con unas líneas de actuación, y si tampoco eso tenía, simplemente unas palabras de motivación que condujeran a la calma, aunque fueran mentira.

En el piso, se acercó al armario, sacó el trípode de la cámara y la dispuso a grabar en el ángulo que más paisaje abarcaba. Quería grabar aquel acontecimiento, aunque luego no supiera muy bien qué iba a hacer con todo aquello. Quizás le sirviera con que, posteriores generaciones, pudieran tener acceso a un documento histórico. Imaginaba a sus nietos mirando frente al televisor aquel vídeo que el abuelo grabó la mañana de las piedras. Cuando terminó de colocar la cámara, el gobierno ya había desplegado el dispositivo militar sobre la zona. Se reprochó no haberlo hecho antes, con lo que hubiera podido grabar la escena virginal, tal y como amaneció. Ahora, ya se veían a los militares amontonando las piedras como se amontonan las hojas en otoño, por el raíl que llevan las aceras, en las cunetas de los árboles, en algunas esquinas seleccionadas previamente.

El presidente salió a la palestra pidiendo calma y respeto por las autoridades que estaban trabajando para solucionar aquello. Confíen en nosotros, decía, al fin y al cabo, no son más que piedras. Pidió colaboración a todo el que supiera algo respecto al origen de las mismas, dejó dos números de teléfono dónde podía llamar la población y prometió una nueva declaración a la mañana siguiente. Actúen con normalidad, finalizó. Cuando hubo acabado, las fuerzas de defensa ya tenían, fuera, el asunto bajo control. A decir verdad, las piedras ejercían poca resistencia. Vinieron camiones que recogieron todas esas piedras como un montón de chatarra. Las piedras, a la tarde-noche, eran casi un recuerdo pasajero. Apagó la cámara y se echó a dormir. Sin quererlo, sintió una extraña excitación cuando estaba en la cama, curiosidad, quiso suponer, y el sueño le fue venciendo lento y sin remordimiento.

A la mañana siguiente, abrió las persianas y la ventana y encontró unas cuantas piedras adornando la cornisa. Con un gesto, las dejó caer sin fijarse siquiera en quién pudiera andar debajo. Afortunadamente, la calle estaba vacía y solo se escuchó el sonido de varias piedras que caían sobre otras. El resto de la ciudad comenzó a inundarse de piedras. La densidad, respecto al día anterior, había aumentado considerablemente. Ya no tenía que fijarse en el paisaje para avistar las piedras, sino que eran ellas mismas quiénes escondían el paisaje. El trabajo iba a ser hoy mucho mayor, pensó, aunque afortunadamente no tenía ninguna vinculación con los servicios públicos. Si ayudara, tenía que ser impulsado por una reacción solidaria, siempre y cuando se implicara de motus proprio la mayoría del vecindario. El no iba a ser menos, pero tampoco más. Le bastaba obedecer órdenes y dejar hacer a quién dispusiera de los medios para solucionar aquello. Pero, ¿había medios suficientes? A lo lejos el horizonte se tornaba pedregoso, exponencialmente atestado de material pétreo. El tráfico había dejado de funcionar e incluso se veían piedras sobre los toldos, las ventanas y vehículos estacionados. Ya no era cosa solo de la calzada, se había convertido en mal de altura. Era difícil acceder al metro, pasear viendo la calzada original o hacerlo sin pisar ninguna piedra. El contacto con las piedras resultaba casi ineludible. Si existía alguna enfermedad asociada al tacto de la piedra, el ser humano estaba condenado a enfermar si aún no lo había hecho. Si la enfermedad resultara mortal, en ese caso, la ciudad se encaminaba mansa hasta los brazos de la dama de negro.

El presidente pidió comprensión. Nos vemos desbordados, dijo, es este un fenómeno sin precedentes, nunca antes acontecido. Habíamos sufrido de otras plagas y enfermedades, de cosas tan miserables como la guerra, de inundaciones o terremotos, pero nunca de este algo tan indeterminado. A día de hoy, no podemos asegurar el porqué de lo que estamos viviendo. Deben entender que hemos articulado todos los mecanismos que posee la sociedad para defendernos ante este fenómeno. Somos una sociedad fuerte y lo vamos a demostrar. No se dejen llevar por el pánico, no huyan, el resto del mundo está igualmente sacudido bajo una histeria que no conviene alimentar. Hagamos un ejercicio de madurez y dejemos actuar al personal militar. Declaro el toque de queda hasta nueva orden, finalizó el presidente.

Así que permaneció en casa, obediente. Haciendo llamadas a sus allegados, leyendo la prensa digital y consultando las redes sociales. La opinión general viajaba de aquí allá como el perro que sigue un rastro confuso. Recordó entonces que aún tenía la cámara y que podría dejarla grabando toda la noche, enchufada a la red eléctrica si es que está resistía, claro, y así podría saber qué demonios estaba sucediendo. Otra opción pasaba por quedarse despierto. Ya lo había hecho alguna vez por motivos laborales, cuando tenía que acabar esos larguísimos informes que le pasaban desde tesorería, y había aguantado sin problemas el sueño. Casi como si de un ritual se tratase, sacó un par de mantas y decidió pasar esa noche en el sofá. Luego dispuso su cámara metódicamente y la dejó enchufada y grabando, atenta a cualquier circunstancia. Se hizo un té y comenzó a leer “La Carretera” de Cormac McCarthy. Las primeras horas fueron relativamente llevaderas. De vez en cuando miraba por la ventana y veía a los operarios fumigando la ciudad. El monótono sonido de los tractores lo fue aturdiendo y se venció ante el sedante ineludible de la noche.

A la mañana, quiso retirarse las mantas pero hubo de hacer un esfuerzo extra, pues tenía las piedras ya acosándole, situadas por encima. En la cabecera del sofá también había. Se sacudió con fuerza y éstas rodaron hasta acabar junto a otras que adornaban el salón. Podía ver, sin problemas, los azulejos del piso y aunque había piedras sobre la mesa, el televisor o algunos rincones casi imposibles, lo cierto es que eran contadas las que había y en poco tiempo podría recogerlas en su totalidad. Le recordó al primer día de las piedras en las calles, solo que lo estaba sufriendo en su propia casa. Se incorporó y miró a través de la ventana. La calle amaneció sepultada. Las piedras llegaban hasta el primer piso del bloque y podía distinguir, rotas, las copas de los árboles y lo que en su día fueron farolas que proporcionaban luz. Todo estaba más oscuro que de costumbre. Lo que empezó siendo una china en el zapato era ahora un problema mastodóntico. Se habían creado algunos promontorios por encima de la media. Se preguntó qué sería de la joven kioskera y no quiso ni imaginar todo lo que había quedado ahí debajo. Tampoco quién o qué se estaba empeñando en llenar sus vidas de piedras hasta enterrarlos vivos. Cuando cogió la cámara, algo le dijo que daba igual lo que encontrara dentro.

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