lunes, 21 de noviembre de 2011

Los siniestrados

Cuando tras el accidente, los siniestrados salieron del coma casi a la par, en la misma habitación y parecían que iban, poco a poco, sanando sus cuerpos y sus mentes, alguien advirtió que la memoria que decían ir recuperando eran las del otro, es decir, que uno tenía la memoria del otro y viceversa.

El Siniestrado A se recordaba siendo un niño que corría por el campo propiedad de su familia en Asturias, cuando el que lo había vivido era el Siniestrado B. El Siniestrado B desvariada con la historia entrecortada de un beso que le propinó una chica llamada Úrsula, que vestía un traje azul. Y Úrsula era el primer amor del Siniestrado A. Enseguida, el médico aconsejó a los familiares no revelarles de golpe la verdad, sino poco a poco y algunos días más tarde, pues lo contrario podría provocarles sendos shocks traumáticos.

Así que tenían dos opciones, o las familias se ponían al día entre sí, con todo lujo de detalles, sobre las intimidades y recuerdos de cada núcleo familiar, y así iban contestando sus preguntas de manera afín a los recuerdos, o bien se intercambiaban los hijos, lo cual haría encajar todas las piezas, y ya averiguarían la manera de justificar lo de la apariencia. Una desfiguración debida al accidente, dijo un familiar. Buena idea, pero hay que tener en cuenta que uno es claramente más guapo que el otro, contestó alguien de la otra familia. Da igual, les diremos que los han arreglado así los cirujanos, que tuvieron un mal día. Después de discutirlo brevemente, las esposas decidieron que sus respectivos matrimonios estaban ya mustios y que les vendría bien savia nueva, con lo que dieron vía libre al intercambio. Además, siempre quisieron acostarse con otro hombre antes de morir sin necesidad de aguantar dilemas morales. Los abuelos y abuelas suspiraron aliviados, ya que así salvaguardaban las vergüenzas de sus familias. Los suegros y suegras, estuvieron desde el principio, satisfechos con el cambio de yernos. Y a los hijos, que aún eran pequeños, ni siquiera se les pidió opinión, pues total, podrían contarles lo mismo, de la misma manera, y pronto se adecuarían a la situación.

Así que cuando el Siniestrado A comenzó a hablar de lo buena que estaba la fabada que comía en casa, su nueva madre, como quién ve nacer a un niño y con los ojos llorosos, dijo: Cuando vuelvas a casa, te haré una que te vas a chupar los dedos.

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